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sábado, 29 de enero de 2011

Capítulo 12.









La estrella polar era la que indicaba mi camino de vuelta a casa. Sentía el temblor de mis piernas al roce del aire frío acompañado de unas gotas congeladas que hacían que mi cuerpo se estremeciera, pero no importaba, nada importaba en ese momento. Algo en mi interior me decía que iba por el rumbo correcto, que pronto estaría en tierra firme. A cada minuto que pasaba apreciaba como el cielo se iba oscureciendo más y más. Miles de estrellas me observaban desde el firmamento, atentas a cada movimiento mío. Giré la cabeza para mirar a mi derecha, intentando no darle mayor importancia a las grandes olas negras que se estaban formando. Divisé al otro lado del barco una silueta que hizo mi mismo movimiento. Alcé la mano sobre la frente a modo de visera e intenté enfocar con más claridad mi objetivo sin obtener un buen resultado. El barco se empezó a agitar, pero yo en ese momento solo quería saber a quien pertenecía esa sombra. Por fin consiguió acercarse lo bastante para que lo viese y tras unos segundos de espera llegó a mi lado. Me acaricio la mandíbula con una cara enternecedora y más tarde me agarró la mano. No conseguía saber quien era, su cara me resultaba familiar, sabía que le había visto antes, que había hablado con él, que le había llegado a querer pero no conseguí identificar su cara en el cajón de mis recuerdos. Cada vez que tenía una pista más sobre quien era me olvidaba de todo otra vez, y solo podía sentir una cosa: confianza. Hasta llegué a pensar por un momento que la tormenta empezaba a amainar, y que no importaba que estuviésemos fuera, expuestos al peligro. Pero esa sensación no duró apenas un minuto. El barco se sacudió con intensidad dejando que una ola azotase nuestros cuerpos. Me agarré a la barandilla con toda la fuerza que pude sacar para conseguir salvarme, y lo hice. Me salvé, me salvé de la ola, salvé mi vida. Conseguí levantarme del suelo, respirando con dificultad. Las piernas me fallaban y todo me daba vueltas. Me centré, y miré otra vez a mi costado, no había nada, aire, lluvia, nada más. En efecto yo había salvado mi vida, pero no mi ilusión por ella, en ese momento me había quedad sola, él ya no estaba.

Me levanté de la cama sobresaltada. Había sido un sueño, solo eso. Un simple e insignificante sueño. Pero parecía tan realista. Decidí no darle demasiada importancia, pero no podía evitar pensar en su final, el cual me resultaba familiar. No porque estuviese en un barco, con una tormenta y expuesta al peligro sin tener una pizca de miedo, no. En realidad solo había estado una vez en un barco, y mi travesía se había limitado en tomar el sol, bucear y pescar, cosas a mi parecer, normales. Pero lo que me resultaba familiar era que ese alguien, esa persona importante para mi, había desaparecido. Como mi padre, como mi abuela. Y ahora que Adrián había tenido un accidente no podía evitar preocuparme. Pero él estaba bien, eso era lo que me habían dicho y confiaba en que fuera cierto, sí, tenía que serlo.
Me levanté de la cama decidida a pasar un buen día. No me preocuparía, no tenía porque hacerlo. Recibí varios mensajes, todos ellos me decían que ya tenían todo para el viaje a Madrid. Salíamos por la noche y estaríamos allí hasta el domingo por la tarde.

El sol iluminaba la playa, pero yo era la única que estaba allí. La brisa marina hacía que la arena revolotease bajo mis pies. Me senté a la orilla observando el mar en calma. Las gaviotas sobrevolaban las pequeñas islas de piedra que se formaban a lo lejos. Oía a los transeúntes por el paseo marítimo hablar, los niños gritaban, corrían, jugaban. La gente se encontraba feliz. Pronto iba a comenzar el invierno y no quedarían muchos más días como esos, y todo el mundo salía a la calle a aprovecharlo.
-¿Las niñas pequeñas no tenéis que estar en clase? –dijo alguien interrumpiendo mis sueños.
Me giré para observar de quien procedía la voz, pero antes de darme la vuelta ya lo sabía. Había pasado mucho tiempo, pero en ese momento me parecieron insignificantes las horas que había estado distanciada de él.
-¿Tan mayor te consideras, Alex?
Sonrió mientras se agachaba para darme dos besos y se sentó.
-¿Puedo acompañarte?
-¿No sería más educado preguntar antes de sentarte?
Se volvió a reír. ¿Cómo podía ser tan agradable hasta cuando yo era tan sumamente borde? Aún así yo también sonreí, el siempre conseguía que lo hiciera.
-¿Qué tal llevas lo de tu amigo?
-Intento llevarlo bien, pero para que engañarme, no lo consigo. No se pensar en otra cosa., no puedo distraerme.
Cambió de tema rotundamente. No supe si era porque no le agradaba hablar de Adrián o para distraerme, pero lo consiguió. Las horas fueron pasando y no me di cuenta de que el sol se fue ocultando tras unas espesas nubes negras dejando una manta oscura sobre nuestras cabezas. Empezó a diluviar y con ello empezamos a correr y cantar una canción a gritos. Me sentía eufórica. No tenía ninguna percepción del tiempo cuando estaba a su lado. Solo sentía la sangre hirviendo pasando por mis venas, ese cosquilleo irremediable en el estomago, esas ganas de vivir la vida sin que nada importe. Me cogió por la espalda y empezamos a dar vueltas hasta caer rendidos al suelo. Estaba empapada. Podía sentir la fría ropa adherida a mi cuerpo. El pelo alborotado y mojado se agarraba con fuerza a mi cara dejando visibles solo los ojos. La arena rascaba mi piel con intensidad, pero no importaba. Se acercó a mí y me miro. Me sumergí en sus oscuros ojos de color azul verdoso. No quería que acabase el día, solo quería permanecer allí tumbada para siempre, nada más importaba, él y yo. Se acercó alzando su mano sobre mi cara para apartarme el pelo de las mejillas, entonces me acordé: Adrián. ¿Cómo se me podía haber olvidado? Me levanté asustada y miré el reloj. En tan solo una hora saldría el autobús.
-Alex, me tengo que ir, lo siento muchísimo, de veras.
-¿Pasa algo?
-Llego tarde, lo siento.
Empecé a correr todo lo que pude pero estaba cansada. La ropa me pesaba más de lo habitual y sentía que todos los músculos me fallaban. Alex corrió detrás de mí hasta alcanzarme y me cogió por el brazo.
-Vamos Nora, te llevo yo.
-No hace falta, de verdad.
Me miró con cara enternecedora y acabé por aceptar.
-No tienes que ser siempre tan encantador.
Empezó a caminar hacia su coche mientras reía a carcajadas. Nos metimos en su coche y le miré extrañada.
-¿Qué te hace tanta gracia ahora?
-Vaya, creía que tenías mejor me moría ¿Te acuerdas en la fiesta de tu amigo? Te dije que me acabarías adorándome.
-¿Qué te hace pensar que te adoro?
-Me lo acabas de decir, has dicho que soy encantador.
-¿Y si no me gustan las personas encantadoras?
-Aún así te gusto yo.
-Estas equivocado.
-¿En serio lo crees?
-Sí.
Subí la música al máximo, ya no podía decir nada que yo pudiese escuchar. Pero ¿Y si tenía el razón? Me negué a aceptarlo. No podía querer a nadie, si lo hacía la terrible maldición de mi vida haría que acabase mal, como siempre.
Al llegar a mi casa subí las escaleras de tres en tres. No tenía tiempo así que metí cosas en la maleta sin mirar lo que llevaba y baje corriendo otra vez. Él seguía allí, esperándome. Bajó la ventanilla y esbozó una sonrisa.
-No tenemos todo el día –gritó.

Llegamos justo a tiempo a la estación. Allí divisé a mis amigas nerviosas mirando de un lado a otro. Celia estaba hablando por teléfono mientras Jimena y Alba miraban el reloj continuamente.
-Gracias Alex, me lo he pasado genial.
Salí del coche sacando mi pequeña maleta al exterior. Antes de que pudiese cerrar la puerta volví a oír su voz nombrándome de nuevo.
-Acabarás queriéndome.
El corazón empezó a latirme con fuerza una vez más.
-Si lo hago, no será racionalmente.
Cerré la puerta y corrí donde mis amigas.
-Creíamos que no llegabas, chica.
Sonreí sin dar ninguna clase de explicación. Se miraron perplejas. Esperaban que les contase lo que me había pasado, pero no tenía palabras. Subí al autobús sin volver a mirarlas, y ellas me siguieron atentas a cada uno de mis movimientos. Me senté al fondo y me apoyé sobre el frío cristal. Sabía que me acribillarían a preguntas, pero no cuando. El vehículo se puso en marcha pocos minutos después de subir. El sonido del motor acompañado del vaivén del autocar hicieron que me fuese quedando dormida, pero ellas no lo permitieron.
-Nora, estas deseando contárnoslo –exclamo Alba.
-¿Contaros el que?
-Venga ya, dime que has tardado porque no encontrabas el cepillo de dientes.
-En realidad no sabía que meter en la maleta.
-Y por eso llamaste a tu amiguito del coche, para que te ayudase a buscarlo ¿no?
-Bueno, me lo encontré por casualidad.
Nada de lo que había dicho hasta el momento era mentira. A él me lo había encontrado por casualidad y con las prisas tardé más en encontrar cada cosa que tenía que meter en la maleta.
-Nora nos conocemos.
-Está bien, era Alex, solo eso.
-¿El de la fiesta?
-Sí, me encontró en la playa por la mañana, y ya esta.
-Ya… Entonces has estado con el todo el día ¿no?
-Mirad, no ha pasado nada, si no os lo contaría.
No estaban muy convencidas con la respuesta, pero la aceptaron y dejaron de hablar durante todo el camino conmigo. Estaba agotada y aún sentía restos de arena bajo mi ropa. Casi no había tenido tiempo de secarme al llegar a casa, así que decidí que sería lo próximo que haría tras llegar al hotel.

-Nora despierta, estamos llegando.
Una suave mano me empezó a zarandear con cuidado. De fondo solo se escuchaba la radio y unas lejanas voces. Era Jimena, habíamos llegado. Tenía ganas de decir: déjame un poquito más, como cuando era pequeña y me tenía que levantar, pero no era lo más adecuado para el momento. Los párpados se me caían solos por su propio peso al igual que el resto de partes de mi cuerpo, pero tenía que levantarme.

En cuanto vi su dulce cara lo único que fui capaz de hacer fue saltar a sus brazos. Sí, lo echaba de menos aunque no fuese capaz de reconocerlo. Tenía la cara llena de magulladuras a causa del accidente y no era capaz de andar con su habitual paso lleno de elegancia. Su sonrisa era capaz de reconfortarte hasta en el peor de lo momentos de tu vida, pero sus ojos mostraban tristeza y preocupación.
-Nora, me haces daño.
-Lo siento –murmuré.
Le solté al instante, preocupada y miré otra vez sus brillantes ojos intentando adivinar lo que estaba pensando, entonces algo me llevó a alejarme de él, algo me decía que las cosas no iban a ser igual que antes, que había cambiado. Parecía distinto, no era el Adrián de siempre. Me había fallado, podía percibirlo en su triste mirada llena de odio y vergüenza. Sentía un fuerte impulso de alejarme corriendo de ese lugar pero al mirarle me obligaba a pensar que solo era una falsa impresión fruto de mi imaginación.

jueves, 20 de enero de 2011

Capítulo 11.









Mientras mis amigas, y al parecer el resto del universo que me rodeaba día a día se entusiasmaba cada vez más por la fiesta, yo fui decayendo en la más pura monotonía. Todos los días me levantaba exactamente a la misma hora para hacerlo mismo que había hecho el día anterior. Haciendo un balance general de mi vida, se podría decir que fui poco a poco -y sin querer darme cuenta, -convirtiéndome en un robot.
A mitad de semana ya conseguí acabar mi trabajo, si se le podía llamar así. En realidad, y para ser honestos tendría que añadir que las que lo habían hecho todo eran Jimena y Alba, ellas pensaban y yo escribía.
No volví a tocar la carta de mi padre. Aún así cada noche, tenía tentaciones de hacerlo cada vez que me iba a la cama. Siempre pasaba lo mismo, por lo tanto llegó a ser una rutina más para mí. Me tumbaba en la cama y miraba la mesilla unos segundos antes de alargar la mano para apagar la lámpara que reposaba sobre la fría madera, y era en ese justo momento cuando mi mano se desviaba de su camino y abría el cajón en el que se encontraba justamente los centímetros necesarios para ver que seguía allí. Estaba unos largos y pesados segundos mirándola. De una forma muy extraña un papel manchado de tinta era capaz de hipnotizarme de tal modo que no conseguía levantar cabeza. Por decirlo de alguna manera, cada noche quería asegurarme de que seguía allí, de que nadie la había tocado. Tras cerciorarme de eso, cerraba el cajón, apagaba la luz y me dormía.

-Nora, date la vuelta.
-¿Esto es necesario? –les reproché a mis amigas.
-Sí, lo es. Tú eres la única aquí que tiene el cuerpazo de Celia, necesitamos cerciorarnos de que le quedara bien el vestido.
Asentí con la cabeza. Jimena me lanzó otro vestido más y entre al probador. Mentían, las dos podían hacer perfectamente de modelo, o de maniquí dependiendo del punto de vista desde el que lo mires. Pero era más fácil sentarse en el antiguo banco que se encontraba en frente del probador y determinar cual era el vestido adecuado para Celia. Solo esperaba no tener que hacer lo mismo con el resto de los complementos, y no tener que aguantar mucho más tiempo entrando y saliendo de probador, aguantando risas por los extravagantes vestidos que me hacían probar. No las culpaba, yo también me reiría, esos “sacos” podrían servir para una fiesta de disfraces, pero no para su cumpleaños.
Tras una larga lucha con la cremallera de la espalda salí. Sus caras se fueron girando hacia mí, y sus ojos abriendo poco a poco al compás que su boca.
-Creo que ya está decidido ¿no? –exclamaron las dos al unísono.
Asentí con excesivo entusiasmo, más del que ellas esperaban que fuera a poner. La elección del resto de complementos fue bastante más rápida. A pesar de no saber cual era su numero, conseguimos llamar a su madre por lo tanto no fue un problema para nosotras conseguir unos zapatos que pegasen con el vestido.

Llegue a casa agotada, no era la típica persona a la que le entusiasmaban las compras, entrar y salir de los probadores, esperar largas colas para pagar y por lo tanto estar una mayoría de tiempo de pie.
Tras cenar fui al salón a ver la tele. Mis hermanos estaban peleándose en el sillón para conseguir el mando. No pensaba meterme, y menos sabiendo que la que iba a ganar era mi madre a pesar de que no entraba en la pelea, era la hora de las noticias. Cuando por fin remató su discusión me senté, esperando que pasasen las horas muertes. No había nada que captase mi interés, así que decidí ir a mi habitación, en la que no estuve mucho tiempo. Cuando por fin me acomodé empecé a oír gritos de mi madre llamándome. Acudí lo más rápido posible. Al entrar me encontré a mi madre con los ojos abiertos como platos, y tapándose la boca con la mano. Mi hermano empezó a recibir llamadas. Mientras tanto, mi hermana no sabía lo que pasaba. Ni yo.
-¿Mamá, qué pasa? –pregunté ansiando la respuesta como agua en el desierto.
-Nora…
-¡Mamá, Dani! ¿Alguien podría explicármelo?
- Nora, es Adrián.
¿Adrián? ¿Cómo mi madre iba a tener información de el y yo no? Instintivamente miré hacia el televisor preocupada, pero en ese momento las noticias ya habían dado lugar a los deportes. Mi móvil empezó a sonar, y el teléfono, y también el de mi hermano. Supuse que todas las llamadas me iban a dar la misma información, pero no corrí a cogerlo, espere a que me lo contase mi madre.
-Nora, ¿no te preocupes vale? Adrián está bien.
-¿Y porqué todos estáis así entonces?
-Ha tenido un accidente, ha salido en las noticias. Está en el hospital.
-¿Cómo que esté en el hospital?
-Nora, tranquilízate –me pidió mi hermano mientras apoyaba una de sus manos en mi hombro, -él está bien.
-¿Él? ¿Con quien iba cuando tuvo el accidente?
Observé como mi madre fulminaba a mi hermano con la mirada. No querría que me preocupase, pero
-Su padre, está bastante herido. A los demás ya les han dado el alta.
Una lágrima corrió por mis mejillas. Mi móvil volvió a sonar, y esta vez sí, corrí a por el. No me apetecía hablar con nadie, excepto con Adrián. Sopesé la idea de llamarle, pero no tarde en ser un poco más racional y darme cuenta de que no era la mejor opción. Él estaría en el hospital, al igual que su padre el cual debía ser el centro de atención debido a la gravedad en la que se encontraba, y sería muy descortés por mi parte molestar al resto de su familia en los momentos que estaban pasando. Lo más razonable y amable por mi parte sería visitarles, pero no lo veía posible, por lo tanto decidí esperar a que se calmasen las cosas para llamar y darles mi apoyo.
-Nora, ¿te has enterado?
-Sí, al parecer he sido la última en hacerlo.
-Vaya, he pensado que podíamos atrasar el cumpleaños de Celia y cogernos un autobús a Madrid –dijo mi amiga con una notable voz de tristeza.
-Alba eso es imposible, está todo encargado.
-Nora… Esto no deberías saberlo, pero no estaría bien de nuestra parte celebrar el cumple sin él.
-¿A que te refieres?
-Nora, era una sorpresa, iba a venir.
Un alarido salió de mi boca. No daba crédito a lo que oía. Él iba a presentarse en la fiesta y yo no lo sabía. Pensé en enfadarme, pero no tenía fuerzas, y tras pensarlo mejor… En fin, eran mis amigas, no lo habían hecho con mala intención.
-Está bien. Envíame la lista de invitados entera, yo me ocuparé de aplazarlo, ¿el resto lo podéis hacer vosotras?
-Caro. Hay gente que no está en la lista, pero supongo que les avisarán sus amigos. Mañana hablamos, buenas noches.
Antes de tirar el móvil sobre la mesilla miré todos los mensajes. Había recibido llamadas de bastante gente, entre las cuales estaban Jimena y Celia. Sopesé la idea de llamarlas yo, pero estaba cansada así que decidí hacerlo al día siguiente, cuando todo estuviese más calmado.
Encendí el ordenador para abrir el correo. Alba había sido más rápida que yo y le había dado tiempo a enviarme la lista. Hice un mensaje común para todos los contactos y le di a enviar. A mucha gente no le iba a sentar bien que se le fastidiasen los planes para el fin de semana, pero tendrían que entenderlo. Seguí mirando el resto de correos sin mucho interés, hasta que vi uno que me llamó la atención, puesto que era de un contacto desconocido, pero con un nombre que hizo que me latiese el corazón: Alexcantantehotmail.com
Lo abrí sin pensármelo dos veces y empecé a leer.

Nora, supongo que ya sabrás quien soy. ¿Ya está bien tu hermana? Supongo que sí. En realidad te envío esto para preguntarte, y espero no resultar muy atrevido, si quieres venir conmigo a una fiesta. Es este sábado. Me invitaron el otro día y no tiene mala pinta, lo pasaremos bien. Un gran beso: Alex.

¿Atrevido? No, había resultado encantador, como siempre. Otra fiesta más a la que no podría ir, pero de todas formas era imposible, las dos serían el mismo día.

No te envío esto como una excusa si mucho menos, pero es imposible. Adrián ha tenido un accidente y vamos a ir a visitarle este fin de semana. Lo siento mucho, y pásatelo en grande. Un saludo: Nora.

¿Todo lo bueno tiene que pasar cuando hay algo malo por medio? Tenía ganas de verle, y también a Adrián. Me sentía culpable por no haberme acordado de ellos, y no haberles llamado, ni hablado con ellos en tanto tiempo. Adrián iba a venir a pesar de la distancia, y Alex me había invitado a la fiesta. ¿Y que había hecho yo por ellos? Sólo se me ocurría una respuesta: Nada.
Me tumbé sobre la cama y apagué la luz, y entonces recordé por primera vez en mucho tiempo una frase: “Quiero que cada vez que te pase algo malo te acuerdes de esta carta, que te acuerdes de mi regalo.” Alcé la mano a ciegas para abrir el cajón que había guardado tantas noches mi carta, y la rescaté para apretarla fuertemente contra mi pecho. Una lágrima volvió a brotar de mis ojos. Me había regalado su fortaleza y su valentía. No quería que estuviese triste, así que me intenté convencer a mi misma de que no podría llorar. Era fuerte, no podía derrumbarme en cada momento de debilidad. ¿Podía? Me repetía una y otra vez que no, sin mucho éxito. Guardé decepcionada de mi misma la carta otra vez en su fría celda. ¿Qué me estaba pasando? Antes de cerrar el cajón, miré una última vez por ese día las palabras de mi padre. Mis ojos se iban acostumbrando poco a poco a la oscuridad, así que conseguí ver con suficiente claridad su bonita letra, y me acordé de él una vez más. Recordé la multitud de veces que me sentaba en su regazo mientras escribía cosas ilegibles para mí en ese momento, y yo admiraba la destreza con la que usaba su pluma mientras le preguntaba cosas sin sentido. Él se reía y contestaba a todas ellas con la mayor dulzura y precisión posible. Eso me hizo recordar una pregunta en concreto. Una niña de mi clase se había puesto a llorar, y el resto de niños con crueldad re reían por ello. Yo no lo entendía así que le pregunté a mi padre si llorar era malo, a lo que el me contesto que no, llorar no era malo si el motivo por lo que lo haces lo merece, si lloras por algo que realmente sientes. Eso me hizo entender la carta. Él lo que no quería era que llorase por él, consideraba que lo importante era seguir la vida para impregnarse de todo lo bueno que tiene. Me regalaba su valentía, su fortaleza, para que supiese afrontar los malos momentos, pero no por ello no debía llorar si como él me abría dicho hace tanto tiempo, la ocasión lo merecía. Lancé un beso ahogado entre lágrimas al aire, en dirección a la carta y cerré el cajón definitivamente.
Me levanté de la cama para abrir la persiana y volví, esta vez para quedarme sentada.
Observé una farola a lo lejos que alumbraba una antigua casa de piedra que se encontraba en medio del bosque. Gracias al grueso cristal de mi ventana se podían observar unos extraños rayos de luz que salían de ella en forma de zigzag. La primera vez que dormí en esa casa, tras leer la carta de mi padre y guardarla entre los libros de mi estantería abrí la persiana para observar las estrellas, pero la contaminación lumínica me lo impedía, con lo que solo pude observar aquella solitaria farola. Mi imaginación salió a volar y creó una historia que se había convertido en mi particular fantasía. Esa luz que impedía ver las estrellas, no era nada más ni nada menos que otra estrella. Era tan grande y luminosa que conseguía hacer que las demás estrellas pasasen desapercibidas. Todo el cielo la envidiaba por su belleza. Era más grande que el sol, pero se encontraba a mucha más distancia y por eso no se distinguía al igual que él. Alrededor de ella también había planetas, y entre ellos estaba uno que resplandecía por su color azul. Se creía que era el hermano de la tierra por su gran parecido, pero yo sabía que era el lugar del que tanta gente hablaba, pero desconocían donde se encontraba, y allí, era donde se encontraba mi padre. Un lugar mejor, donde reina la paz y solo iba la gente que en la vida se había portado bien. Por eso se llamaba cielo, porque era donde lo veíamos cada noche. La gente, ocupada con su rutinaria vida no se daba cuenta de su existencia, pero yo si que lo veía, y lo miraba cada noche para saber que todo estaba en orden, que seguía allí. Me sorprendí al recordar la historia que fui capaz de crear. Nadie sabía de su existencia excepto yo. A medida que fueron pasando los años fui dejando la costumbre poco a poco, hasta convertirse en una fantasía de niña pequeña, pero esta vez la miré con más intensidad que todas las otras veces. Se encendía y apagaba continuamente, débil después de tantos años trabajando sin descanso, hasta apagarse definitivamente. Lo tome como una señal que sabía que no tenía sentido. Ya no necesitaba saber que mi padre estaba bien, había crecido, y con recordarle de la mejor manera posible me bastaba. Él era, y lo seguiría siendo para siempre, el mejor padre del mundo.
Me sequé las lágrimas mientras me tumbaba en la cama. Me arropé con inseguridad. Inseguridad por no saber lo que me esperaba, pero no solo mañana, si no el resto de mi vida. Solo sabía con certeza que lo único que me iba a acompañar siempre era el regalo de mi padre. El regalo más generoso que me habían hecho nunca: Valentía y fortaleza. Lo último que recuerdo de esa noche fueron las palabras que le susurre al viento esperando que llegasen a algún lugar perdido de la imaginación de una niña pequeña: Gracias, papá.

martes, 4 de enero de 2011

Capítulo 10.






Las siguientes semanas trascurrieron bastante rápido. Asistí a las clases de Paloma, la amiga de mi madre. En ellas no ponía mucho interés, simplemente me había enseñado lo que estaban haciendo todos en conjunto en las semanas anteriores, pero yo lo que necesitaba eran clases particulares. Ella noto mi desgana en las clases, y al darle el motivo por el cual estaba así decidió que lo mejor sería que fuese yo sola. Para mi sorpresa no me dio otra hora, si no que se la cambió a los demás.
La audición fue muy bien, mejor de lo que esperaba, y después de hacerla solo tarde una semana en incorporarme a las clases.
Era viernes y mis amigas ya estaban chismorreando sobre lo que iban a hacer el fin de semana. Observe como Celia se levantó y fue corriendo hacia su novio. Hacía un mes que estaban saliendo. Se llamaba Dani, pero nadie le llamaba así, todos le llamaban por su mote, “Moreto”. Era bastante guapo. Alto, rubio, ojos azules… Todas esas cosas que hacen que la gente se le quedase mirando cuando pasaba por los pasillos. Me alegraba por ella, desde que estaba con él se la veía más feliz. Siempre estuvo acomplejada pensando que era la mas fea, gorda, y la que menos ligaba. Ahora “Moreto” le había quitado todas esas tonterías de la cabeza.
-¿Nora, estas escuchando?
-Claro, claro.
No tenía ni la menor idea de lo que estaban hablando mis amigas, y tampoco me salí con la mía, no pude seguir al margen porque me habían preguntado algo, y yo no sabía lo que era.
-¿Entonces que opinas?
-Querida, espabila, llevas semanas en plutón, aterriza de una vez.
-Decíamos que va a ser el cumpleaños de Celia. ¿Ideas?
-Ya sabéis mi opinión, una fiesta por todo lo alto.
-Es su cumpleaños, -intervine -si hace una fiesta o no… ¿no lo tendría que decidir ella?
-Nora, con el paso del tiempo, te me vas amuermando.
-Es verdad, ¿nunca has oído hablar de una fiesta sorpresa?
-Venga, ayúdanos, por favor, por favor, por favor.
Empezaron a suplicarme al unísono poniendo cara de corderito degollado. Les hacía mucha ilusión, seguramente más de la que le iba a hacer a Celia.
-Este bien, solo nos queda una semana, habrá que ponerse ya con ello ¿no?
-Ya lo tengo todo pensado. Jimena se encargará de comida, bebida y local. Yo música, decoración y de informar a la gente.
-¿Y yo?
Mejor, sin nada que hacer. Me extrañaba que me hubiesen excluido del plan pero no me entristecía, se esta mejor con las manos en los bolsillos.
-Tú, Nora, tú harás la lista de los invitados.
-¿Eso no lo hacías tú?
-No, yo les aviso, tú haces la lista.
Perfecto, la peor parte de todo. Tenía que saber perfectamente quienes eran sus amigos y quienes no. Dicho de otra forma: quienes serían bien recibidos en la fiesta y quienes no. Pero claro, si invitaba a algunos, entonces me veía obligada a invitar a otros, y así sucesivamente, un bucle sin salida al que yo tenía que buscar el final.
-No es más fácil poner un cartel de: entrada 5€, para el regalo. Y que vaya quien quiera.
Las dos me miraron con cara fulminante, no se me volvería a ocurrir pensar algo así, o podía morir.
-Shh, chicas, ahí vuelve.
Nos callamos al instante. No sabían disimular muy bien, y no consiguieron sacar otro tema de conversación, seguramente empezó a olerse algo. Jimena y Alba estaban demasiado felices, a mi la idea tampoco me entusiasmaba tanto, una fiesta, otra más. Preferiría hacer algo más original, pero tampoco se me ocurría nada.
Al llegar a casa lo primero que hice fue mirar mi agenda: Exámenes, exámenes y más exámenes. El cumpleaños era en una semana y tenía que ponerme con ello, si no podía darme por muerta, pero también tenía que estudiar, y mucho. Decidí que mi prioridad era seguir viva ante todo así que empecé a hacer la lista.
Tras una hora conseguí arrancar, sí, había 20 personas invitadas, podía empezar a preparar el funeral. Tenía que despejarme así que cogí mi mochila y me fui al conservatorio. Allí todo cambiaba, conseguía liberarme de todas las presiones del día y relajarme. Había hecho bien en volver, y no sabía cuanto. Al acabar la clase todo el grupo me llamó y me invitó a ir a tomar algo. ¿Y porqué no? Accedí y después de ducharnos fuimos a un pub llamado Samen. Era bastante alargado con dos pisos. En el de arriba había solo dos mesas y espacio para bailar. Abajo se encontraba la barra, y al lado contrario de esta una amplia cristalera oscura. Al fondo se encontraban los baños y un escenario pequeño. No tenía mucho más, cuadros de grupos y cantantes desconocidos para mí y una guitarra eléctrica colgada de la pared.
-¿Nora, que haces aquí?
Me giré para ver quien me hablaba y para mi sorpresa encontré a alguien conocido, muy conocido.
-¿Y vosotras?
Me volví a girar y les presente a todos a Jimena y Alba. No tenía ni idea de que conocían aquel lugar. Me explicaron que lo encontraron por casualidad mientras buscaban el local para la fiesta. En seguida congeniaron muy bien con mis compañeros incluso se animaron a bailar con todos nosotros, a pesar de que decían que no estarían a nuestra altura, que éramos “profesionales de la materia”
-Ya va siendo hora de que nos vayamos nosotras tres –dije mirando el reloj.
-El próximo sábado haremos una fiesta en el Bertmon, espero veros allí a las once y media –intervino Jimena.

Salimos y me acompañaron a casa, desde allí ellas se marcharon en un taxi. Al entrar en casa lo primero que hice fue apuntar quince personas a la lista, no estaba mal, iba aumentando el número de personas.

En otro lugar de esa misma ciudad.

Entró corriendo a coger el móvil que llevaba sonando un buen rato.
-¿Tienes ya la música?
-Primero se dice hola, y sí, lo tengo.
-Gracias Alex, eres un cielo.
-Nada, sabéis que me tenéis aquí para lo que sea, mañana os lo doy.
-No hace falta. ¿Tienes algo que hacer el próximo sábado?
-No tenía pensado nada
-Pues a las once y media en el Bertmon. Nos han invitado a una fiesta.
-Vale, nos vemos.
Un “bip” finalizó la llamada. Le sentaría bien esa fiesta, sobre todo después de esa semana en la que no dejaba de pensar en la misma persona. Sacudió la cabeza molesto, tenía que olvidarse de esa muchacha.

En ese mismo momento en otro lugar del país.

La pantalla del móvil empezó a iluminarse con un nombre en la pantalla: Alba.
-¿Tú llamándome a estas horas?
-Se que estabas deseando hablar conmigo.
-Que facilidad para leer la mente tuviste siempre.
-Fuera bromas. El próximo sábado es la fiesta de cumpleaños de Ce, cuanto con que cojas un bus y abandones Madrid por un día, Adrián.
-Haré lo que pueda.
-Te voy a ver sí o sí, si hace falta te voy a buscar yo. Ah, no le digas nada a Nora, que sea una sorpresa. Lleva unas semanas en las nubes, le alegrará verte.
-No se, llevo desde que me fui sin saber nada de ella.
-Hazme caso, buenas noches.
Ya tenía planes para el próximo fin de semana. Llevaba semanas pensando en volver y ver a sus amigos, ver a Nora. Solo pensaba en ella, la echaba de menos y esa era la excusa perfecta para ir y ver a su amiga. Se volvió a tumbar en la cama y se durmió. Los días se le iban a hacer eternos esa semana. ¿Qué pasaría en la fiesta? No lo podía saber, nadie podía saberlo, ni siquiera el destino, el cual estaba jugando a dos bandas.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Capítulo 9.



Aquella mañana de lunes se me hizo interminable. Esperaba impaciente noticias de mi madre ante la petición de día anterior. Mis amigas contaban entusiasmadas anécdotas de la fiesta, mientras yo pasaba las horas muertas, observando la lentitud con la que pasaba el tiempo. Se dieron cuenta de mi estado de ánimo y dejaron de hablar de aquel tema, pensando que el motivo de mi tristeza era Adrián. Se equivocaban. No había hablado con el desde que se marchó, ni tampoco había pensado demasiado en ello.
 -¿No sabes nada de Adrián? –preguntó Jimena pretendiendo hacerme creer que no le daba importancia al asunto. En realidad todas estaban deseando conocer la respuesta, pero no querían herir mis sentimientos haciendo que lo recordase otra vez.
-No, todavía no hable con él, ni siquiera pensé en ello.
Me dieron su sonrisa de aprobación aunque en realidad eso no era lo que querían oír. Seguramente no me habían creído, pero no importaba.
Ansiaba el momento de que tocase el timbre para poder salir corriendo de tal forma que acabe haciendo una cuenta atrás en el último minuto.
Al llegar a casa fui directamente a ver a mi madre. No le sorprendió, pero evitó descaradamente el tema de las clases de baile.
-¡Mamá, suéltalo ya!
Mi impaciencia podía conmigo. Ella no sabía disimular su entusiasmo por hacerme esperar.
-Hoy he visto tu habitación algo desordenada, ya sabes lo que tienes que hacer ¿no?
-Perfecto, suéltalo.
-También voy a subir algunas cosas al ático, por en cajas lo que te estorbe, o mejor, lo subirás tú.
-Perfecto, suéltalo –repetí.
-Está bien. Si que te ayudará, como ya supondrías. No se a que viene tanto nerviosismo, sabías a la perfección la respuesta. También pregunté en el conservatorio, te harán la audición en menos de un mes, así que si es de verdad lo que quieres ponte las pilas.
-¡Muchísimas gracias!
En realidad no me esperaba tanto la respuesta como ella creía, pero aún así me llenaba de alegría la noticia. A pesar de todo me entristecí al comprobar que nada de lo que había dicho mi madre era mentira, ya sabía lo que me esperaba durante toda la tarde: limpiar.
Bajé una bolsa del armario llena de libros, archivadores y cartas de años pasados. Allí lo único que podían hacer era ocupar espacio. Me senté en el suelo para revisar que no encerraría en cuatro paredes de cartón cosas que me pudiesen ser útiles, y a la misma vez recordar viejos tiempos. Había innumerables libros desde primero de primaria, libretas, carpetas, archivadores llenos de apuntes de años más cercanos y montones de cartas. A estas fueron a las que más tiempo dediqué.  Las había de todo tipo. Algunas de ellas me hicieron bastante gracia, como las de cuando era pequeña y me escribía con amigas de campamentos de verano, otras me entristecieron como las que le escribía a mi mejor amiga del colegio cuando se fue a vivir a Tenerife. Todas ellas llenas de faltas de ortografía, palabras inventadas y multitud de fallos más, escritas con una enorme letra redondeada. Así me pasé horas y horas tumbada en el suelo, o en la cama en algunas ocasiones, leyendo, riéndome, recordando momentos de felicidad y tristeza y volviendo a tiempos pasados. Comprobé que a medida que pasaban los años había menos cartas. Claro, fueron apareciendo el Messenger, el móvil y todas las tecnologías que atontan a la juventud. Tiré a un lado las cartas ya leídas para seguir con el resto. Cogí una al azar, y al mirarla sentí una punzada en el estómago, una puñalada por la espalda. Mi mano me había traicionado de la peor forma posible. Me empezaron a temblar las piernas mientras se me encharcaban los ojos. Las lágrimas caían sin cesar dejando a mis pies un lago de tristeza. Hacía mucho tiempo que había querido olvidar esa carta, esa parte de mi vida, o más bien esconderla en un rincón de  mi mente. Abrí el sobre con dificultad. Multitud de emociones se abalanzaron por mi cuerpo en un mismo momento. La carta no estaba datada, ni tampoco estaba firmada, pero era fácil saber de quien era para cualquier persona que conociese en parte mi vida. Siempre había tratado de esconderla y hasta el momento había surtido efecto, nadie la había leído nunca.
Empecé a leer en cuanto mis ojos me lo permitieron.

Querida Nora:

Supongo que tu abuela habrá sido la que te haya dado esta carta, y si la tienes es porque ha pasado lo inevitable. Puede que estés enfadada con nosotros, se que te deberíamos haber dicho que estaba enfermo, y que pronto me iba a marchar. ¿Ley de vida, no? Pero hay veces que es mejor mentir, y vivir tranquilo que no decir toda la verdad y vivir triste. Y eso último es lo que no quiero que pase. No quiero que te pongas triste porque en la vida hay muchas cosas buenas, y se que te vas a rodear de gente que te llene de alegrías. Recuerdo que hace unos meses me preguntaste cual iba a ser tu regalo de cumpleaños, a lo que yo respondí no muy convencido: el mejor regalo del mundo, algo que permanecerá contigo para siempre. Más tarde me arrepentí, ¿y si el regalo no estaba a la altura? Ahora, tras todo ese tiempo transcurrido ya se cual será tu regalo. No es un regalo pequeño, ni tampoco nada grande. No he corrido a ninguna tienda a comprarlo antes de que se agotase, y no me he gastado dinero en el. Sin embargo no es tampoco un regalo que permanecerá olvidado en el fondo de un armario. No te tendrás que comprometer a decir que te gusta, ni llevarlo en ocasiones especiales dando a entender que ese fue el regalo adecuado. No lo envolveré en papel de regalo y no llevará un lazo adornándolo. No es un regalo que te pueda dar cualquier persona. No es un regalo ni dulce ni amargo, ni bonito ni feo. No, no es nada de eso. Lo que te quiero regalar no es nada material. Te quiero regalar mi fortaleza, mi valentía. Quiero que lo agarres fuertemente y no lo sueltes nunca, quiero que no llores tras mi muerte, si no que lo utilices para dar un paso adelante. Quiero que cada vez que te pase algo malo te acuerdes de esta carta, que te acuerdes de mi regalo. Quiero que le des miles de motivos a la vida para sonreír, y que nunca decaigas en los intentos. Quiero que cuando la vida te de una patada cierres los ojos y recuerdes que siempre estaré ahí para protegerte. Te quiero a ti, hija. No te puedo dar más, eso es todo lo que tengo, lo más valioso. Feliz cumpleaños, Nora. Estaré año tras año contigo, felicitándote desde tu interior, viendo cada movimiento tuyo y ayudándote a tomar decisiones, haciendo que escuches tan solo a tu corazón.
Siempre a tu lado:
Papá.

Otra lágrima recorrió mi cara. No se lo podía haber dicho a mi padre, pero ese era el mejor regalo que me había hecho nadie nunca. Me acordaba cada día de él, y le echaba de menos, mucho. “Quiero que cada vez que te pase algo malo te acuerdes de esta carta” Le había fallado. Empecé a recordar todos los malos momentos de mi vida, desde su muerte hasta días anteriores, cuando se marchó Adrián. No me había acordado de la carta, y muchas de las veces me había puesto triste, había llorado. No había utilizado su regalo, lo había despreciado y olvidado dentro de un armario. Había hecho todo lo que el no quería que hiciese.
Me arme de valor y me levanté. Me temblaban las piernas, pero a pesar de eso conseguí ponerme en pie. Guarde la carta en un cajón de mi mesilla. Nunca más sería olvidada. Le iba a hacer caso, iba a ser fuerte, me sequé las lágrimas y seguí recogiendo. Todo el resto de cartas fueron repartidas en cajas, no leí ninguna más. Tras acabar me fui a lavar la cara para que no quedasen marcas de tristeza. Nunca nadie sabría que había llorado. Pero hay veces que el significado de nunca es muy relativo.

En ese mismo momento en otro lugar de la ciudad.

-Me voy a duchar e irme ya, que tengo que ir a cenar con mi familia hoy.
-Vale. Alex, prepara el sonido que lo necesitamos ya.
-Ya ya, en una emana está terminado.
Tras ducharse cogió su mochila en la taquilla y leyó una nota que había en ella. “Las llaves están en clase, ciérrala.” El hizo caso omiso, y después de cerrarla salió del conservatorio. Tenía que ponerse ya con los sonidos finales de la coreografía de sus amigos, los cuales pensaban que estaba ya casi acabado su trabajo, pero ni tan siquiera estaba empezado, no podía fallarles.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Capítulo 8.






“No, no, no, no. No me puede estar pasando esto a mí. Otra vez la misma historia de siempre. Un ser querido fallece, alguien muy importante para mi desaparece de una forma que los médicos denominan natural, pero que para mi no era natural, para mi era un castigo que se había planteado la humanidad imponerme cada cierto tiempo. Cada vez que mi vida conseguía ser estable una enfermedad, el tiempo o cualquier otro fenómeno natural o humano había decidido intrometerse en mi camino, eliminando las leyes de la justicia y ejerciendo las máximas trampas sobre mi vida. ¡No te vayas Cristina! Tú no, tú no, tú no.” Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me desperté con sudor frío sobre la frente. Un sueño, solo había sido un sueño. O más bien una pesadilla.
-Tú no- repetí en un susurro con intención de que nadie me escuchase.
Me aclaré los ojos para conseguir ver con nitidez el reloj que colgaba de la pared. Las tres y media de la madrugada. Tenía la garganta seca así que decidí ir a tomar un vaso de leche. Había una nota en la nevera, pero no me paré a leerla. Probablemente lo habría escrito mi madre para que lo leyésemos por la mañana. Estaba muy cansada así que volví a la cama sin más preámbulos.
“No me dejes tú también, Cristina no te vayas. Tú no.”
Otra vez lo mismo, la misma pesadilla con el mismo final, el mismo escalofrío, el mismo sudor en la frente, el mismo grito de desesperación: Tú no.
Me levanté exhaustada. Esta vez eran las siete de la mañana. Me senté en la cama aclarándome los ojos de nuevo, al igual que la anterior vez. ¿Qué quería decir esa pesadilla? Lo pasé por alto, otra vez. Me solía levantar a las siete y media, por lo tanto decidí no acostarme otra vez. Probablemente si lo hacía no me conseguiría despertar de nuevo, puesto que habría caído en un sueño mucho más profundo que los anteriores. Me vestí con suma tranquilidad, el tiempo no iba a ser un problema esa mañana.  Me acerqué al frigorífico, y esta vez sí, leí la nota.
“Nora: estamos en el hospital con Cristina. No te hemos llamado porque no es nada grave. No te preocupes y ve a clase, a la salida te recogeremos. Un beso, Dani.”
¿Qué no me preocupe? ¿Cómo que no me preocupe? Corrí hacia la habitación de mi hermana para cerciorarme de que eso no era una broma pesada de mi hermano.
En efecto, no estaba allí. Su cama estaba vacía y perfectamente echa, con las sábanas lisas esperando la llegada de mi hermana la cual se había ausentado esa noche, y esperaba que no fuesen más. En la nota ponía que no era grave, de lo contrario si que me habrían llamado. De todas formas no pensaba ir a clase, no estando mi hermana en el hospital.
Salí de casa lo más rápido posible cogiendo lo esencial. En apenas quince minutos llegué allí. Con el mismo mecanismo del día anterior pregunté por mi hermana. La dependienta me miró con una cara que no supe identificar del todo. Probablemente me recordaría. A decir verdad no era de extrañar, pasaba media vida entre esas paredes. Recordar eso me entristeció. Mi padre, mi abuela, y ahora mi hermana.
Entré corriendo a la habitación. Allí estaba, tan sonriente como siempre. Me tranquilicé del todo y busque a mi madre, pero no obtuve el resultado que esperaba, no estaba.
-¿Y mamá, renacuajilla? –pregunté acariciándole la frente.
­-Se fue fuera con unos señores, querían hablar  solas.
¿Hablar a solas? Eso no podía ser nada bueno. Entro mi hermano y me contó lo que había pasado. Como imaginé la noche anterior fueron al mercado puesto que era el último día que estaba en nuestra ciudad. Más tarde fueron a cenar. Cuando acabaron regresaron andando, y a mitad de camino mi hermana se desmayó, sin más.
Mi madre estaba hablando con los médicos, los cuales le estaban diciendo los resultados de mi hermana.
Estaba hablando con mi hermano cuando oí el grito eufórico de mi hermana:
-¡Mamá!
No había problema. Todos los resultados estaban perfectos según nos contó, sana como una manzana. El desmayo según habían dicho, podía haber sido ocasionado por una bajada de la presión sanguínea o a causa de una alergia, de lo cual tenían que hacerle pruebas. De todas formas esa no era su tesis inicial. Al parecer a esas edades eran bastante frecuentes los desmayos por un fuerte sentimiento de tristeza, o por lo contrario, alegría, o en último caso claustrofobia. No lo veía probable, sobre todo lo último, pero nada se podía descartar. Lo importante era que estaba bien. Mi madre se quedó en la habitación con mi hermana y nos dio dinero a mi y a mi hermano para que comiésemos algo el la cafetería.
Me moría de hambre, no había desayunado nada. Pedí dos menús del día, uno para mi y otro para Dani. Él no comió casi nada, estaba bastante desganado.
-Lo he pasado mal de verdad, ayer cuando se desmayó, se me cayó el mundo encima.
-Deberías haberme despertado cuando pasaste por casa.
-Te habrías preocupado demasiado, y al final no fue nada. Lo importante es que está bien. Voy al baño, ahora mismo vuelvo. Intenta que cuando vuelva quede aún algo en mi plato, ¿vale?
Me reí. Mi hermano cuando se lo proponía era un encanto, siempre preocupándose por su familia y amigos. Pero la pena era que se lo proponía pocas veces, por desgracia para el resto de la humanidad. Me centré en mi comida, la cual se convirtió en mi mayor amiga en ese momento. Alguien se sentó  en la silla de en frente. Sería mi hermano.
-¿Te has aficionado a esta cafetería?
Me equivocaba, era Alex. Se me había olvidado por completo que era hoy cuando le daban el alta a su hermana.
-La verdad es que preferiría no estar aquí. Ayer por tu hermana, hoy por la mía.
Le conté todo lo pasado, era lo menos que podía hacer después de lo hospitalario que fue conmigo el día anterior, y con la confianza que me lo contó todo sin conocerme apenas de nada. Justo cuando acabé de narrarle mi historia, o la de mi hermana, llegó mi hermano sentenciando nuestra conversación, poniéndole el punto final.
Alex se fue, hoy ya se iban de este terrible lugar. Yo esperaba hacerlo pronto. Estaba harta de pasarme allí las horas muertas, unas veces haciendo crucigramas y otras tan solo mirando por la ventana la gente pasar. El cielo se estaba nublando y las calles empobreciéndose de vida, convirtiéndose cada vez más grises. Siempre pensé que los sentimientos de las personas iban acorde con el tiempo que hacía. Cuando era invierno la gente estaba más triste y apagada, al igual que el cielo, gris. En verano sin embargo, siempre podías ver multitud de sonrisas por la calle. Lo añoraba. Todos los días en la playa, en la piscina, de compras o simplemente tomando una cerveza con mis amigos, con Adrián. Casi se me había olvidado por completo, casi.
Por fin le dieron el alta a mi hermana. Todo estaba en orden, perfecto. Tenía ganas de salir de ese lugar, se había convertido en mi segunda casa, y yo lo detestaba. Detestaba ese olor a puré, a enfermedad, las pareces llenas de carteles con información sobre virus y protecciones ante enfermedades, detestaba ver tantas caras tristes acumuladas en una misma habitación, gente saliendo a los pasillos apresurada por llamar a un médico y estos suspirando profundamente y escogiendo las mejores palabras para contar las peores noticias a familiares esperanzados y detestaba estar allí siempre por seres queridos. En pocas palabras: tristeza, sueños rotos.
Se me olvido pedir un justificante médico conforme había estado allí como acompañante, supongo que tendría que inventarme alguna excusa creíble.
Pensé en Alex, ¿le volvería a ver? Ahora él no tenía ningún objeto mío, ni yo excusas para volver a verle. “Podré soportarlo” pensé para mis adentros.
-Mamá, he pensado en volver al conservatorio de bellas artes, y apuntarme a danza. Pero claro, con tu consentimiento.
-Claro que sí. Necesitas distraerte un poco, y no pensar solo en los estudios. Los libros acabarán por comerte la cabeza.
-A las madres os encanta tener hijos estudiosos, no te quejes.
Ella se rió y no dijo nada más, así que volví a sacar el tema.
-En realidad, no solo quería decirte eso, necesito tu ayuda. Ya ha empezado el curso en el conservatorio, y no vale solo con pagar la matrícula, tendría que hacer una audición y esperar a que me cogiesen. Hay pocas plazas y si no lo hago bien tendré que esperar al próximo año.
-¿Y yo en que te puedo ayudar?
-¿No tenías una amiga que era profesora de baile? Quizás podría hacerme un hueco en sus clases, y ayudarme para la audición.
Puse cara de cordero degollado, nunca me negaba nada cuando lo hacía.
-Esta bien  -perfecto –se lo pediré.
-Gracias mamá.
Le di un beso y me fui a la cama. Sabía que haría lo que pudiese, si no tendría que apuntarme a alguna clase, pero era difícil teniendo en cuenta la altura del año a la que estábamos.
Estaba satisfecha, tenía cada vez más ganas de poder entrar en el conservatorio, a pesar de que eran muchas horas las que iba a pasar allí. Sin querer resultar hipócrita y con la máxima modestia posible podría decir que el baile se me daba bastante bien, y puede que no me costase demasiado entrar en el curso.
El viento azotó los árboles, la lluvia acarició los tejados y el sol se escondió definitivamente por el horizonte. Era hora de dejar que los sueños se apoderasen de mi noche y de que el destino tomase su curso normal de vida. ¿Quién sabe lo que me podría deparar el futuro? Puede que el baile cambiase mi vida dándole un giro de trescientos sesenta grados.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Capítulo 7.









 Me latía el corazón a mil por hora. Sentía como el corazón se me desbocaba del pecho. El ascensor decidió ponerse en mi contra y no llegar al piso donde me encontraba para facilitarme la llegada, así que tuve que coger otro camino, las escaleras. Cuando por fin vi el último peldaño me animé pensando en lo típico de: venga va, que ya queda menos. Estaba claro, tenía que ponerme en forma. Llevaba años sin practicar ningún deporte en especial. Después de que mi abuela muriese dejé de hacer todas las cosas relacionadas con este, exceptuando las carreras en las rebajas y poco más, como las clases de educación física. Me marcó muchísimo esa fecha, para mi fue un punto de partida nuevo, otro punto más dentro de mi vida, y tras eso deje de hacer cosas que me llenaban de verdad, como el baile o atletismo.

1 de diciembre, 2008.

El cielo estaba nublado, y el ambiente húmedo. Llevaba todo el día lloviendo. La gente corría de unos soportales a otros con el deseo de no mojarse. Todo el mundo vestía acorde con los colores del día. Pero seguían siendo felices, riéndose. Niños chapoteando en los charcos y madres desesperadas a la salida del colegio, corriendo tras de ellos con su mochila y la merienda en la mano. Gente cansada que salía de trabajar y acudía a las paradas de los autobuses para reunirse con sus respectivas familias. Una pareja de jóvenes enamorados con un paraguas en la mano, pero sin usarlo, besándose bajo la lluvia con ojos esperanzadores. Todo parecía normal, estable. Para mí, sin embargo no lo era. Miraba tras la ventanilla esperando una respuesta a preguntas inexistentes. Seguía las gotas caer, simulando carreras de las que yo siempre escogía al caballo perdedor.
En el cementerio todo parecía diferente, más triste. El único toque de color que se podía apreciar era el verde esperanza del césped. Las ramas de los árboles se batían al paso del viento.
Todo el mundo esperaba la muerte de mi abuela, yo no. Los médicos hacia tiempo que ya habían dictaminado su final, pero yo me había negado rotundamente a aceptarlo y conllevarlo. Siempre fue una persona fuerte. Nunca pude ver en ella si quiera un resquicio de debilidad o tristeza. Simplemente quería transmitirme su felicidad para conseguir que me olvidase de mi pasado para vivir el presente.
Lágrimas saladas caían sobre mi mejilla dejando el rastro inconfundible de la tristeza. ¿Cómo iba a lograr vivir sin ella? Recordaba cada segundo que pasé con ella, desde cuando me empujaba el columpio hasta las riñas por salir corriendo de su mano y atravesar sola el paso de cebra, pasando por toda mi adolescencia. Me sentía mal, ¿cuantas veces podía haberle hecho enfadar por tonterías? Ahí es cuando me di cuenta de que tenía razón, y yo nunca me paré a pensar un segundo en que todo lo que hacía, lo hacía por mi bien.
Después de varios días mi estado de ánimo fue mejorando, pero, ¿qué iba a ser igual? Nada. Era un punto y aparte.

Por fin llegué a la puerta indicada por la recepcionista, tras un camino que se me hizo largo y pesado, y por otra parte, cansado. La puerta se encontraba abierta así que decidí entrar sin llamar. Cuando pasé simplemente vi una habitación, vacía. ¿Me habría equivocado? A decir verdad no me apetecía tener que volver a hacer la misma “maratón”. Salí de nuevo para comprobar que estaba en la habitación correcta, y sí, en efecto, lo estaba. Volví a entrar, esta vez más decidida añadiendo un: ¿hay alguien? Al cual no obtuve respuesta. Di un paso más para observarlo todo con otra perspectiva, y con más detención. No tenía derecho a estar allí, nadie me había dado permiso y para eso si que no me servía la excusa del fular. La habitación era bastante amplia y luminosa. Tenía dos camas, posicionadas a los extremos de esta. Entre las dos había una mesilla con una pequeña lámpara, del mismo color que el resto de la habitación. Al lado de la cama que supuse que era de Sonia, puesto que estaba algo desecha, estaba una gran ventana que daba a un patio trasero.
Sentí como alguien me tapaba los ojos impidiéndome seguir observando la habitación del hospital. Sentía sus manos calientes y podía oír su pulso tranquilo y pausado. Sí, era él.
-¿Quién te ha dado permiso para estar aquí?
Su voz era sería y fría. Puede que no hubiese hecho bien en ir.
-Lo siento, se que nadie me dio permiso, pero cuando entré pensé que podías estar dentro -mentí.
Se empezó a reír con tanta euforia que tuvo que sentarse en la cama para no caerse. Yo en cambio no le veía el lado gracioso a la situación, y me limité a sonreír esperando la respuesta a una pregunta que ni tan siquiera formulé.
-¿­Siempre eres tan crédula? Es broma mujer.
Se levantó dirigiéndose hacia una esquina. Allí se encontraba mi fular.
-Toma, vuelve a tus manos. Tranquila, lo cuidé bien.
Hora de irse. Ya tenía lo que quería y no podía hacer nada más allí.
-Gracias. ¿Algún día me explicarás como acabó en tus manos?
-Cuando quieras. Vamos a tomar un café.
Eso no era una pregunta, más bien era una orden. ¿Y porque iba a hacerle caso? No tenía ningún derecho a obligarme a hacer lo que el quisiera.
-Vale.
Era demasiado débil. Ahora la pregunta cambiaba, ¿y porqué no? Me apetecía hablar con él.
Bajamos, esta vez sí, en ascensor hasta la planta baja donde se encontraba la cafetería.
-Si no es mucho intrometerme, ¿qué le ha pasado a tu hermana?
Me miró sin comprender lo que acababa de decir. ¿A caso había dicho algo malo?
-¿Cómo sabes que le ha pasado algo a mi hermana?
Tonta de mí.   
-La recepcionista… Yo pregunté por ti en realidad, obviamente no estabas registrado, si no tu hermana.
Me contó que encontraron a su hermana en el suelo, que se había desmayado. Ya en el hospital ella les contó que cuando se marchó andando de la casa de sus amigas un grupo de “imbéciles”, dicho con palabras textuales, la empezaron a perseguir. Ella se asustó y empezó a correr. Sin darse cuenta de que ellos ya pararon de seguirla ella siguió corriendo, hasta llegar al punto de no poder más.
Tras casi una hora hablando nos despedimos, puesto que el iba a ver a su hermana,  y los resultados de sus análisis. Estaba tranquilo, seguramente le darían el alta ya al día siguiente.
-¿Nos veremos alguna vez más?
-Eso depende.
Por mi parte no me importaría, en absoluto. En fin, era simpático.
-¿De que? -Dijo intrigado.
-De si se me olvida algo o no, puede que tenga que volver a recoger, quien sabe, puede que mi cabeza la próxima vez.
-Siempre puedes darme tu bolso y venir mañana a por el.
Los dos nos reímos, y yo me marche deseándole suerte, o más bien a su hermana.
Por el camino me encontré con Alba. Llevaba bastante prisa así que no nos entretuvimos mucho, pero me tenía que contar algo, supongo que lo haría el lunes.
Al llegar a casa dejé mi abrigo en el perchero, y fui a dejar todo en la habitación. Pensé en todo lo que había pasado, en mi tarde con Alex, en mis reflexiones a cerca de baile. Sí, tenía que volver. En la academia hice muchas amistades, me lo pasaba bien y además hacía deporte. Hice mal en dejarlo, pero podía rectificar.
No había nadie en casa, así que me fui a dar una ducha y más tarde a cenar. Seguramente estarían con mi hermana en un mercado que ponían una semana al año en la plaza. Había pulseras, anillos, collares y todo tipo de accesorios. Se acababa al día siguiente y este alo aun no habían puesto un pie encima, así que eso era lo más probable.
Acabé de cenar sobre las once, y aún no habían llegado, ¿habrían salido fuera a cenar? No me preocupé, por el resto, todo parecía normal. Parecía.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Capítulo 6.








“Siento mucho no haberme despedido, tenía una urgencia y te vi muy ocupada con tu no novio, no pretendía interrumpir vuestra apacible conversación, un beso”
Mensaje de Alex. ¿Cómo podía estar siempre con sus bromas y su tono irónico? Apacible conversación…Eso fue mi primer contacto con la sociedad de ese día, y Alex la persona que me envió el mensaje del cual oí su llegada, pero el cual no llegué a ver.
“Para tu información nuestra apacible conversación acabó bastante bien. ¿Qué pasó? Un beso, te quiero”
Releí el mensaje una vez para comprobar que todo estaba en orden, y rectifiqué borrando el te quiero. Era una simple costumbre, siempre acababa así las conversaciones por Messenger o los sms, pero de todas formas, no le conocía más que de una noche.
Inconscientemente esperé con impaciencia el mensaje de respuesta, y tras unos minutos los cuales se me hicieron eternos, por fin llegó.
“Nada importante. Tengo algo tuyo, ¿no has echado nada en falta?”
¿Algo mío? ¿Qué podía tener mío? Me dolía la cabeza muchísimo, y no me apetecía pensar. Empecé a recoger todo lo que había tirado por el suelo, encima de la cama, por la mesa o metido en el armario a presión. Los zapatos, el vestido, el bolso… Miré en el interior de este, no echaba nada en falta. En cuanto a la ropa… También estaba la chaqueta, el cinturón, la cazadora y el… fular.
“Que haces tu con mi fular”
No podía entender como había llegado a sus manos mi fular. Me lo regaló mi padre cuando vino de Suiza, y en ese momento estaba en sabe dios donde. Decidí empezar a recoger la habitación, la cual estaba hecha un desastre. No se podía dar un paso sin encontrar algo por medio, fuera de su habitual lugar. Empecé por la ropa, separando lo limpio de lo sucio, doblando todo lo que se encontraba colgado de sitios inimaginables e intentando hacer parecer que no había pasado un huracán por mi armario. Solía tener mi habitación limpia como una patena, y no recordaba como había llegado a estar todo en ese estado. De la noche anterior al llegar a casa solo recordaba lo triste que estaba, y el mensaje que no llegué a mirar de Alex. Nada más. Y de la fiesta recordaba poco más. No sabía ni con quien había estado, ni que había hecho ni el porque la posesión de mi fular de seda en manos ajenas. Cuando acabé con la ropa decidí hacer la cama, pero mi dolor de cabeza seguía persistente y cada vez más acusado, así que deje mi trabajo a medias y me fui a tomar una aspirina.
-¿Estás enferma hermanita? -Me preguntó mi hermana inocentemente. Yo no pude hacer más que sonreír y decir una mentira piadosa. No creía que fuera conveniente explicarle a una niña de ocho años que su hermana supuestamente responsable se dedicó a beber whisky, y por eso estaba “enferma”.
-Me duele un poco la cabeza, ya sabes como son mis amigas, están todo el día gritando, sin excepción.
-Tranquila, cuando las vea ya les echaré la bronca.
Se fue dando pequeños saltitos y canturreando una canción de dibujos animados al salón y yo me marché a mi habitación. No pude evitar reirme de solo pensar la futura situación en la que mi hermana les iba a echar la bronca a mis amigas por gritar.
Cogí el móvil de la cama para seguir haciéndola y entonces vi otro mensaje más de Alex.
“Tú sabrás lo que hiciste ¿no? Digamos que fue un préstamo. Ahora una de dos, o me dices donde vives y te lo llevo, o acudes tú a mi…”
Un préstamo. Perfecto, no sabía lo que pasó, y por encima tenía que ir a buscarlo. Obviamente, no  le iba a decir donde vivía.
“No te voy a decir donde vivo, podía sufrir un acoso, o algo peor, quien sabe ;)”
Después de enviar el mensaje me pensé un poco más la respuesta. Puede que al fin de al cavo, no fuese tan malo que supiese donde vivía. Me caía muy bien, realmente bien de hecho, y cada vez que respondía esperaba con ansia sus respuestas, como si mi vida dependiese de ello, haciéndoseme los minutos eternos y pesados. Mientras tanto aprovechaba limpiar el desastre que tenía por habitación. El dolor de cabeza seguía sin abandonarme desesperandome cada vez más. Nunca me había pasado nada por el estilo. Siempre fui una chica “sana”, y en ese momento me preguntaba si cumplí la promesa a Adrián de que no bebería más, puesto que en el momento en el que hablé con el no me encontraba tan mal, y no me acordaba de casi nada.
Pitido anunciando de nuevo un mensaje. Lancé la bolsa de plástico que tenia entre mis manos al aire, la cual no sabía como había llegado hasta allí, y me lancé a mi móvil saltando a la cama. Lo abrí con impaciencia, para solo conseguir llevarme un disgusto, publicidad. Malditos sean. Me disponía a levantarme otra vez para seguir con mi tarea pero en seguida llegó, esta vez sí,  su respuesta.
“En el hospital, pero no hace falta que vengas si no quieres.”
¿En el hospital? Se puede saber que hacía allí. Supuestamente lo que pasó no fue nada grave, y estaba en el hospital. Por lo menos sabía que a él no le había pasado nada, o por lo menos eso creía. La noche pasada estaba bien, y en un origen se fue por una urgencia. Y tampoco podía olvidar el hecho de que me estaba enviando mensajes tranquilamente, por lo cual, como mínimo consciente estaba. O eso, o el que me hablaba era su fantasma, cosa que yo hasta el momento, consideré improbable. 
En seguida le di a la tecla de responder, pensándome bien la respuesta. Tenía que ser un mensaje que mostrase mi preocupación pero a la vez no resultar muy pesado. En esos casos a nadie le gusta que le anden encima todo el rato.
“¿En el hospital? ¿Qué ha pasado? No se si podré ir hoy, pero si necesitas algo o quieres que vaya, encontraré un rato.”
Fue demasiado tarde, cuando ya lo envié, que me di cuenta de mi pequeño error. Si quieres que vaya, ¿porqué va a querer que vaya?
No le di más vueltas, lo hecho, hecho estaba. Aún así tenía que aprender a pensar antes de actuar, siempre había sido uno de mis grandes defectos, y una cosa una vez dicha, o en este caso, enviada, no se podía rectificar.
Esta vez no tardó mucho en contestarme, por lo que me imaginaba que sería muy escueto. Probablemente no quisiera hablar más, así que decidí dejarle tranquilo.
“Como quieras, un beso Nora”
Estaba en lo cierto. Deje mi móvil en la mesilla y acabé de recoger toda mi habitación. No iba a ir al hospital, ya recogería mi apreciado fular cuando tuviese más tiempo y las cosas estuviesen tranquilas. Desayunando recordé todo lo que tenía que estudiar y hacer, y eso me dio más dolor de cabeza aún si cabia posibilidad alguna.
-¡Condenado examen de filosofía! ­-grité empujando el libro con una mano.
Llevaba toda una tarde estudiando, y no habiía logrado pasar de la segunda página. No soportaba esa asignatura, o más bien a la profesora a la que tenía una particular manía. No es que ningún profesor me cayese especialmente bien, pero con ella era diferente, y el odio hacía ella aumentaba día tras día. A todo eso se le sumaba el que estaba todo el rato pensando en Alex, en el hospital, y dándole vueltas a que podría haber pasado. ¿Cómo alguien podía meterse tanto en mi cabeza en solo un día?
Oí como alguien llamaba a la puerta, y tras ese sonido vi entrar a mi hermana y sentarse a mi lado.
-Si no te centras, no estudies, no sirve para nada. Yo cuando no me salen los dibujos bien, paro.
Ella lo dijo con toda la inocencia del mundo, pero en realidad tenía razón. No iba a conseguir centrarme en todo el día, y si seguí allí lo único que iba a hacer era perder el tiempo.
-Tienes razón Cris, gracias.
Le di un beso fugaz en la frente y salí disparada de casa. Estaba decidido, iría a visitar a Alex por muy pesado o molesto que pudiese llegar a ser, además tenía la excusa de que tenía algo que me pertenecía a mí.
Cogí el autobús y me planté lo más rápido posible en el hospital. Lo bueno de vivir en una ciudad pequeña es que no tenía perdida. Mientras me metía dentro saqué de mi bolso un folleto en el que salía el nombre del grupo, allí estaban sus apellidos, así que solo tenía que preguntar en recepción. Solo había un pequeño problema, ¿y si no era él el que esta ingresado?
-Hola, muy buenas. ¿Me puede decir en que habitación se encuentra Alejandro Sanchez Blanco?
-Sin decir ni una palabra la recepcionista se puso a teclear el nombre que le había dicho en el ordenador.
-No se encuentra ningún Alejandro con esos apellidos. Pero si una tal Sonia.
-Perfecto -dije con una sonrisa pintada en la cara -¿me puede decir en que habitación está?
Me alegraba su respuesta, en efecto, no era él el que estaba mal. 
No la veía muy convencida de darme aquella información, no me quedaba más remedio que insistir.
-Por favor, se trata de una urgencia -dije esta vez con un tono más serio.
Esta vez si que accedió, así que tras un breve “gracias”, me marché. Cada vez tenía más curiosidad, y a la vez miedo. Supuse que Sonia era su hermana, y con mi habitual pesimismo me esperé lo peor.