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domingo, 1 de mayo de 2011

Let´s fly and never go back

Let me fly and never go back.

Ese deseo efímero de fumarme la ciudad, de querer cerrar las calles y no volver a ver ese camino de vuelta casa, pues, lo que quieres en ese momento es no recordar lo pasado, que nada te recuerde a él y que nunca será tuyo. Que nada te recuerde que tuviste esa oportunidad y la desperdiciaste. Como si de un juego de cartas se tratase, teniendo una buena baraja optaste por la derrota. Por eso deseas volar, volar alto, sin mirar atrás, y no volver nunca, no volver jamás. Pero te das cuenta de que eso no es posible, no entra dentro del lista de cosas que hacer en un futuro, no por el hecho de no querer, si no por el de no poder. Por eso te tienes que joder y aceptar que el juego ha terminado y que no podrás volver a jugar otra partida, o al menos saber que nunca tendrás las cartas ganadoras en tu mano.
So please, I ask one more time, let me fly away and never come back.

jueves, 28 de abril de 2011

Un premio genial de una persona genial para una persona genial.


Jo, que ilusión. Un premio más que me levanta un poco la moral, el ánimo, y me dan más ganas aún de escribir. El premio me lo ha dado http://generaciondead.blogspot.com/ que a pesar de que conoce mi blog desde hace poco, pues me lo ha dado. Yo también conozco su blog desde hace poquito pero tengo que reconocer que… ME ENCANTA. Porque que quereis, tiene una forma muy especial de explicar las cosas, y ha hecho que en 5 min (lo que tardé en leer la entrada) me apeteciese leer un libro, y ¿quién sabe lo que nos deparará ese blog? Por eso hay que estar atenta a los cambios, os aconsejo que os paséis.

Bueno, bueno, por lo que he leído tengo que premiar sólo a una persona (¡que dilema pensar solo una!) puesto que cada vez se premia a una persona menos, ella premió a dos, la anterior a tres, y así sucesivamente. Por lo tanto concedo mi premio a: (y creo que entonces la/él premiado no tendrá que dárselo a nadie, puesto 1-1=0 [vivan esas matemáticas]) http://justyourlovecansaveme.blogspot.com/ ¿El porqué? No tengo obligación de darlo, pero me apetece, por sus textos, por su originalidad, y porque me da la gana y puedo (cosa que estaba acostumbrada a oír cuando era pequeña por parte de familiares mayores que yo :D) Pues eso. Que gracias a la que me concedió el premio y enhorabuena a la premiada. MUCHOS BESITOS.

Be different, change.



Lo admito. Se que las cosas han cambiado, se que las cosas no son como lo eran antes, o quizás como deberían ser. Se que nada es igual que hace un tiempo, pero también se que las cosas no tienen porque cambiar solo a peor. Son diferentes e incluso extrañas, pero no por ello malas. Admito que los cambios asustan, desorientan y en casos, hieren, pero no tiene porque ser así en todas las ocasiones. También pueden agradar a largo plazo, dar un giro de 90º a tu vida o incluso hacerla especial, única, perfecta.

domingo, 24 de abril de 2011

Premioo ☺

Bueno chicos/as, se puede decir que he sido premiada otra vez, y la verdad es que me hace mucha ilusión. Ya hace tiempo que me lo dieron pero no lo escribí y ahora que tengo un poco de tiempo, pues allá voy J

Importante: Reglas de premio.

-Premia a los 10 blogs (más o menos).que más te gusten.

-Cuenta 3 verdades y 3 mentiras sobre ti.

-Pon a quien te premie y a quien premies con el link de su blog de la entrada.

Empecemos por poner los blogs que más me gustan:

- http://historiasmias-criis.blogspot.com/

- http://withmeellibro.blogspot.com/

- http://elrincondemisideales.blogspot.com/

- http://undulce-saborsalado.blogspot.com/

- http://tablonesnewyork.blogspot.com/

- http://dontstopbelieve.blogspot.com/

- http://lanotadulcedeunabateria.blogspot.com/

3 mentiras:

-Odio las muffins de chocolate.

-Detesto cantar en la ducha a gritos.

-No me gustan nada las películas de terror.

3 verdades:

-Me encanta despertarme a media noche y poder decir: ¡Aún me quedan X horas para dormir!

-Adoro las miradas de reojo.

-Soy fan de los ositos de gominola.


Y el premio que yo concedo es... tatatachán...:


Párate a pensarlo:

UN MINUTO DE SILENCIO POR TODAS AQUELLAS PERSONAS QUE SE LO MERECEN


Esto se lo dedico a todas las víctimas por terrorismos en las últimas décadas de la tierra. Mirando al pasado no nos será difícil recordar el doble atentado de un coche bomba causando cientos de muertos, pero esto no es nada en comparación con lo ocurrido 10 años atrás, ese famoso 11 de septiembre de 2001, ese atentado contra las torres gemelas, o 3 años más tarde en Madrid. ¿Pero debemos recordarles solo a ellos? ¿No merecen por lo menos una milésima parte de esa atención los miles y miles de muertos en los países subdesarrollados cada día? Por eso pido un minuto de silencio, pero no un simple minuto en el que la gente se calle esperando a que ases esos interminables para algunos 60 segundos, no. Yo quiero que os paréis un minuto, incluso más si el ajetreo de vuestro día a día os lo permite, y penséis en todo esto. Terrorismo, catástrofes, hambre, en toda esa gente que muere cada día, y que cae en el olvido tras dedicársele un breve momento en el telediario.


martes, 19 de abril de 2011

Capítulo 14.


El sudor arremetía contra mi cara cada mañana al despertarme. Por el día seguía con el plan establecido durante todo el curso, pero no sucedía lo mismo cada maldita noche después del suceso en Madrid. Siempre era lo mismo. La misma historia con el mismo final era la causante de mi miedo cuando se ponía el sol y me resguardaba entre sábanas y mantas. Allí estaba el entre la oscuridad del frondoso bosque, apartando las grandes ramas y hojas que entorpecían su paso hasta encontrarse conmigo. Allí simplemente me miraba con furia enseñándome el gran tatuaje que cubría gran parte de su brazo derecho. Por más que corría no avanzaba más que unos milímetros, pero él no me quería hacer daño, no a mí. Tras divertirse al ver la angustia que me provocaba su presencia empezaba a correr y después solo se podía percibir el sonido de gente gritando. Ninguno de esos días era capaz de entender lo que decía aquella gente aterrada, excepto la última vez que lo soñé. Todo empezó de la misma manera de cada noche, pero no tenía miedo en esa ocasión. Él salió corriendo, adentrándose en el bosque pero las voces que gritaban no eran las mismas, ni tampoco lo que decían, esta vez sí que fui capaz de entenderlo. No eran palabras de terror lo que exclamaban aquellos hombres, si no de venganza. Tras un rato inmóvil vi como él llegaba a mi lado y me abrazaba, y a todos sus amigos detrás llamándole traidor, con cara amenazante. Adrián había abandonado, cosa que por una vez no era más que una muestra de valentía, ahora él era el que estaba expuesto al peligro.

-¡Chica, hoy irradias felicidad! –Exclamó Celia mientras se sentaba en la cafetería del instituto -¿Qué te ha ocurrido para que estés así?

-Será que me he levantado con el pie derecho.

-¿Y que más?

-Bueno… se puede decir que he quedado esta tarde con Alex.

-¿Sí? –preguntaron todas al unísono.

-Bajad la voz. Solo vamos a dar una vuelta.

-Pero esa es vuestra primera cita oficial. Qué más da que la gente lo sepa. ¡Atención mundo, Nora va a salir con Alex!

Tras el grito de Alba toda la cafetería se quedo en silencio. Algunos permanecieron callados todo el rato hasta que el bullicio de la cafetería volvió a su curso normal. Por el contrario, otros, atrevidos pero precavidos a su misma vez, señalaban y soltaban alguna que otra risilla inocente mirando hacia donde nos encontrábamos. Ante ello no pude hacer más que sonrojarme mientras le enviaba una fulminante mirada a mi amiga, que había sido la creadora de aquella situación.

-Alba, date por muerta. Cuando menos te lo esperes estaré yo con una chiquillada de estas, procura guardar bien tu espalda, porque lo necesitarás, te lo aseguro.

-Sabes que es broma –dijo entre risas.

-Lo mío también será broma –dije riéndome yo también, a la vez que mis amigas.

Desde el viaje para ver a Adrián habíamos vuelto a ser las cuatro de siempre, avispadas, risueñas, bromistas, divertidas y sobre todo, amigas. Una semana después de llegar de aquel inolvidable fin de semana para ellas, y no tan inolvidable para mí, si no más bien todo lo contrario, celebramos el cumpleaños de Celia por todo lo alto, como habíamos planeado. Ella por fin había conseguido toda la confianza en si misma que necesitaba al ser la anfitriona de la fiesta, sintiéndose la dueña del mundo por lo menos por un día. Ella no comprendía porque no podía haber ido Adrián a la fiesta, ni tampoco Jimena y Alba. Habían terminado por confiar en lo que yo les había contado sin necesidad de llamar a Adrián para que se lo confirmase. Él mismo había accedido ante mi petición de enviarles un correo electrónico para pedirles disculpas por no ir, y corroborar mi mentira: iba a quedarse a cuidar de su familia, después de lo pasado tenían que permanecer todos unidos. Pero yo era la única que sabía la verdad de aquella historia, la que sabía que seguramente el no permanecería unido a su familia, ni a la persona que era antes. Todo había cambiado y el mundo no se había percatado de ello, y yo tampoco lo habría sabido si no le hubiese seguido aquella noche.

A partir de ese desagradable suceso, además de haber tenido que sufrir todas las noches la misma pesadilla me preguntaba cada día si cambiaría en algún momento de su vida. No lo creía, pero lo más profundo de mi ser albergaba una pequeña chispa de esperanza a espera de encender una gran llama que alumbrase su camino de vuelta a casa, de vuelta a su antigua vida. No me paraba de echar una y otra vez la culpa de su cambio, de que probablemente si yo le hubiese llamado, si no me hubiese olvidado de él, no se habría sentido solo. Igual debería haberle ido a visitar a menudo o poner un poco de mi esfuerzo, ya que los cambios nunca son fáciles para nadie. ¿Cómo habría conocido a sus nuevas amistades? Puede que desde el principio él sospechase algo malo sobre ellos, y yo le habría dicho que no se acercase, y como en los viejos tiempos él me haría caso. Siempre me decía que tenía un sexto sentido para averiguar la parte mala de la gente, pero no lo hice, no estuve allí cuando lo necesitaba. Yo era la que había vendido su alma al mejor postor sin tener conciencia de ello y los remordimientos me devoraban por dentro poco a poco. No sabía si iba a poder seguir el ritmo de mi día a día con ese peso encima, pero por el momento había sido capaz de llevarlo bastante bien, puesto que multitud de cosas hacían que la balanza se mantuviese occidental todo el rato. Mis notas habían subido a lo largo del curso y mi relación con mis amigas también lo había hecho, y eso sin hablar de lo que me esperaba esa tarde, algo que prometía ser, o eso creía yo, una muy buena experiencia.

Antes de ese día la última vez que le había visto había sido en la fiesta. ¿Quién me iba a decir a mí que mis amigas le habían invitado sin ellas mismas saberlo? Acompañaba a mis compañeros de conservatorio puesto que les ayudaba con la música. Allí estaba él, rodeado de gente conversado animadamente a pie de pista de baile. Cuando me vio no pareció inmutarse así que decidí darme la vuelta intentando no darle importancia mientras cavilaba el porqué de su estancia allí. Más tarde él fue el que interrumpió el momento en que le entregué mi regalo a Cristina para explicarme porqué estaba allí. Él tampoco sabía que yo iba a ir a la fiesta, pero no pareció sorprenderse al enterarse de que yo era de las que lo organizaba. Más tarde decidimos tomar una copa, seguida de largos y cansados bailes, y más copas, hasta perder la cuenta de cuantas llevábamos bebidas. Lo único que fui capaz de recordar por mi misma después de eso fue despertarme en mi casa con la ropa aún del día anterior, con un fuerte olor a alcohol y tabaco mezclado con mi perfume de vainilla. Mi cabeza daba vueltas y un intenso dolor de estómago hizo que no saliese de la cama en toda la mañana a excepción de mis carreras al baño para vomitar todo lo que mi cuerpo no era capaz de digerir. Mi madre gritaba –o eso les pareció a mis oídos, que eran capaces de sentirse molestos hasta por el vuelo de una mosca –a través de la puerta, en parte enfadada por mi falta de responsabilidad y en parte preocupada por el estado en que me encontraba. Ni siquiera me había castigado por llegar, según ella afirmaba, ya bien entrada la mañana. A pesar de todo ese mismo lunes ya estaba como nueva teniendo que soportar las burlas de mis amigas, contándome cosas de las que nunca me habría imaginado capaz de hacer. Alex por su parte me había llamado la noche posterior a la fiesta puesto que al parecer él me había perdido de vista ya a las cinco de la madrugada y no había vuelto a saber nada de mi. ¿Con quién habría estado? ¿A caso eso debía preocuparme? A fin de cuentas si hubiese llegado con alguien extraño a casa mi madre me lo habría reprochado, o al menos preguntado quien era ¿no? Por lo tanto no le di más vueltas por el momento, no pretendía tener más quebraderos de cabeza al mismo tiempo.

El mismo tintineo de pierna, el mismo tic nervioso que había asestado contra mi toda mi vida, la causa por la que todos sabían cuando algo me preocupaba o inquietaba, no pudo faltar en esa fría tarde de otoño. El sol iluminaba las calles pero no las calentaba como de costumbre. Las hojas marrones caídas al suelo crujían bajo los pies de los transeúntes creando una dulce melodía de piano junto al silbido del viento azotando las copas de los árboles. La gente miraba curiosa hacia donde me encontraba buscando una causa aparente de mi nerviosismo mientras acogían sus puños bajo las mangas de sus abrigos. Incline mi mirada hacia el parque que se encontraba a mi lado para ver si se encontraba allí Alex, pero aún no había llegado. Una sonrisa nostálgica apareció en mi cara al ver una pareja sentada en los columpios. Allí era donde había conocido a Adrián, donde habíamos jugado de pequeños, quedado de jóvenes, y donde me había despedido de él pocos meses atrás, cuando todavía le quedaba un resquicio de sensatez y de bondad, cuando aún no llevaba esa horrible esvástica tatuada en su cuerpo, anunciando cuales eran sus creencias, orgulloso de ellas. Me lleve las manos a la cabeza y empecé a moverla de lado a lado, horrorizada por volver a pensar en él. No debía darle tanta importancia a alguien que no solo me había fallado a mi, a su familia y a sus amigos, si no también a si mismo.

Él tiempo pasaba mientras yo me impacientaba más y más. ¿Y si se había olvidado de mi? Podría haberse arrepentido de quedar conmigo, decidir que no merecía la pena pasar una tarde conmigo.

-¡Nora! –exclamó alguien a mi espalda al tiempo que una ráfaga de viento alborotaba mi pelo llevándose en el aire todas mis malas supersticiones.

-Ya creía que me ibas a dejar plantada.

Me acerqué a darle dos besos y me quede mirándole a los ojos. ¿Cómo alguien podía llegar a irradiar tanta perfección? –pensé.

Y lo mejor de todo es que esa persona con dicha perfección que me había cautivado desde el primer día en que le vi, el día en que le conocí, estaba allí, conmigo, dispuesta a pasar una tarde a mi lado. No lo quería reconocer, ni a mis amigas ni a mi misma, pero Alex despertaba algo en mí como nunca nadie lo había hecho, hacía que se me revolviese el estómago con cada sonrisa y que yo sonriese con solo mirarle. Solo él conseguía hacer que me sonrojase con cada mirada y mostraba tal seguridad cuando estaba conmigo que hacía que me sintiese pequeña a su lado, pero a su misma vez protegida de todo el que quisiese hacerme daño, formando una barrera a nuestro alrededor. Adoraba su forma de revolverse el pelo, el saber perfectamente cuando algo le pasaba simplemente con ver su cara y que me dijese que era como un libro abierto con índice incluido, sabiendo en cada momento lo que estaba pensando o a punto de hacer. Pero no era solo eso, no era atracción física lo que me gustaba de él, ni tampoco que me hiciese reír, pasármelo bien a su lado o pensar continuamente. Tampoco era el revolotear de mariposas de mi estómago al estar a su lado o que temblase como un flan si se acercaba a mí. No, no era nada de eso. Me gustaba la sensación de que teníamos todo el tiempo del mundo para nosotros dos solos, el no querer correr, si no ir paso a paso, sin miedo a que la llama se apagase antes de que pasase algo confiando plenamente en nosotros mismos.

-No te voy a dar el gustazo de librarte de mí, y lo sabes.

-Entonces tendrás que acompañarme a mi casa –respondí.

Él frunció el ceño, sin saber muy bien que decir, malinterpretando las palabras que yo había dicho.

-Solo voy a coger mi cartera, y nada más.

Me miró mientras se disponía a hacerme una reverencia indicándome que me seguiría. Pero ¿hasta donde sería capaz de seguirme? –pensé.

-Está bien, vamos.

Comenzamos a caminar simultáneamente, hablando te todo y de nada, haciendo que el tiempo no corriese para nosotros, sintiendo por momentos una agobiante falta de aire junto al fuerte pálpito de corazón. La gente pasaba a nuestro lado, unos distraídos y otros mirando de soslayo, algunos conocidos pero la mayoría de ellos ajenos a nuestras viadas. Cada paso que dábamos anunciaba nuestra llegada resonante ante el mundo, un paso adelante para nuestro destino pero tan solo un paso más cara al futuro, un paso que marcaría, por separado o no, al resto de nuestras vidas, un paso que marcaba el comienzo de mi particular obra de teatro, de la cual todos desconocían el final, hasta yo misma, la autora de esa historia.

Ya estábamos llegando cuando observé a una chica cruzar por el medio de la carretera sin mirar si venían coches. Todo sucedió en una milésima de segundo. Sostenía con sus dos manos una gran caja llena de vasos y copas, un coche se dirigía a ella a una gran velocidad, comenzando a pitar una vez que la había visto en medio de la carretera, asustada. Ella se dispuso a dar una gran zancada sin soltar lo que llevaba entre sus brazos, mirando asustada el coche, pero era demasiado tarde, no podía conseguirlo, estaba allí y yo no podía hacer nada, me encontraba demasiado lejos. Entonces, apareció él. Esa cara conocida agarró con fuerza el brazo de la chica en el último segundo, llevando su frágil cuerpo hacia el suyo. Todas las copas y vasos estallaron contra el suelo, todos miraban, nadie se movía, la calle se quedó en silencio. Una llamada de auxilio me decía que debía correr. La gente corría a hablar con la muchacha, ella era el centro de atención para todos, menos para mí. Di un paso hacia delante superando mis miedos, él estaba allí. Otro paso más, él me vio por primera vez. Otro paso más, el también comenzó a caminar. Otro paso más, me quede congelada. Fue él quien siguió andando, cada vez más rápido hasta llegar a mí y coger mi cara. Un segundo, dos, me soltó. Todo estaba sucediendo demasiado rápido, ¿que hacía yo allí? ¿Porqué no me había marchado ya? Me soltó la cara, me miro, una y otra vez, yo no decía nada, el sonido de la calle me atormentaba. La gente gritaba asustada, la muchacha se había desmayado, un medico acudía corriendo, yo no miraba, solo le prestaba atención a él, hasta que se decidió a hablar.

-Nora, puedo explicártelo todo, se acabó todo, por favor, escúchame.

-Te dije bien claro que no quería volver a verte en mi vida, Adrián.

Una lágrima calló por mi mejilla. Fin del acto primero.

lunes, 14 de marzo de 2011

Galardonada :)

Lo primero: Siento muchísimo a todos los que les gusta mi blog y mi historia la tardanza en escribir capítulos últimamente, pero siendo honesta: no tengo tiempo casi ni para respirar. Lo segundo, y es por lo que escribo esta entrada es por el premio que he recibido. En realidad no se muy bien de que van los premios, pero ya he obtenido dos en poco tiempo lo que me llena de gratitud, porque, ¿a quien no se le llena la boca con la palabra premio? Uno ha sido de parte de Mundo blogero: http://elrincondemisideales.blogspot.com/
y el otro de Cristina Fernández con el blog: http://historiasmias-criis.blogspot.com/
Ante todo, gracias, de verdad estas cosas, que queréis que os diga, le alegran el día a una. Por lo que veo tengo que poner si no me equivoco 7 cosas sobre mí, así que allá van:

-Lo primero que debería decir sobre mi es que soy una loca (incondicionalmente) de las gominotas, chocolatinas, crepes, y todo lo que este mínimamente relacionado con los dulces.

-Otra cosa puede que no importante de mi, pero que me caracteriza profundamente es lo mucho que aprecio los pequeños detalles. Sí, esos que nadie sabría encontrar o valorar, son los que más me gustan.

-No soy nada ahorradora aun que lo intente desde lo más profundo del corazón.

-No podría olvidarme como no de mis perritos, esas bolitas peludas sin las que no podría vivir. Para algunos será una tontería pero si llego a casa y ellos no están (no por mucho tiempo, seguramente se encuentren en ese momento felices paseando por la playa) es como si no entrase en ella, falta algo, esos ladridos y saltos que me desesperan cuando no quiero ruido son lo que más añoro ante su ausencia.

-Soy una amante de todo tipo de comida. ¿Qué es eso de apartar las verduras cuando un plato sabroso te espera en la mesa? Tanto lo verde como la carne, pescado y demás va adentro sin miramientos, a excepción de la coliflor, pero a nadie le gusta todo ¿no? Y aun así un poquito de mayonesa (y cuando digo un poquito es mucho, como Arguiñano) y al estómago la coliflor.

-Viviendo en pleno siglo XXI, y habiendo nacido hace tan solo 15 años, estando todos estos entre tecnologías solo se de mi móvil como llamar, enviar mensajes y poco más, pero vivo feliz con ello.

-Y por último, y no por ello menos importante, dejándome muchas cosas que poner por el camino, he de decir que escribiendo un libro y teniendo otro en proyecto, lo que mejor se me da en el mundo son las ciencias. Esos números que a tantos se le resisten para mi son pan comido, pero eso no quita que la literatura me disguste, y mucho menos el arte ya que quiero que forme parte de mi futuro.

Creo que eso es todo. Para finalizar, aquí van mis blogs favoritos. No se muy bien cuantos hay que poner, pero yo voy a decir los 4 mejores a mi gusto. Si rompo las reglas por favor que alguien me lo diga, y lo siento.

- http://withmeellibro.blogspot.com/ con el tuenti: el libro with me
- http://www.nerviosantesdeactuar.blogspot.com/ con el tuenti: llueve tras la ventana

Por supuesto decir lo mucho que me gustan, y la pena que me da no poder poner los blogs (o eso creo) de las que me dieron el premio, y os aconsejo que os paseis por los seis blogs, ya que todos merecen realmente la pena y solo os consumirá un pequeño rato de vuestro tiempo el verlos, y decidir si os gusta o no.

Muchas gracias a todos por su atencion ♥.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Capítulo 13.







El cielo se fue encapotando a medida que pasaban las horas y la humedad fue apoderándose de mi habitación a la misma vez que la tormenta se iba acercando a la ciudad. Estaba cansada por el largo viaje y sabía que el siguiente día no iba a ser fácil, pero no me podía dormir. Me negaba a pensar que era por culpa de la extraña sensación que había sentido al abrazar a Adrián, y me dispuse a pensar que la verdadera causa por la que no era capaz de pegar ojo era la luz que iluminaba cada poco tiempo el cielo acompañada posteriormente del fuerte sonido semejante al sonido de una partida de bolos.
Tras horas levantándome y volviéndome a tumbar, escuchando música, leyendo e intentando hacer algo con tal de entretenerme, decidí salir de mi fría y agobiante habitación de hotel y buscar la de mis amigas. Se encontraban por desgracia en la otra punta del pasillo, así que tuve que tener cuidado de no hacer mucho ruido al pasar por la sucia moqueta que me conducía a la puerta número 27. No creía que mis débiles pisadas pudiesen despertar a nadie, pero temía encontrarme con una mirada ajena que me pudiese ver en aquel estado. No llevaba mis mejores galas, ni siquiera se podía calificar aquel pijama como “bonito”. Más bien se parecía a un blusón semejante al que llevaban en los años 80, combinado atrevidamente con unas zapatillas con forma de elefante. El pelo lo llevaba recogido en una coleta la cual no desentonaba con el resto del conjunto. Definitivamente no estaba para ver. Afortunadamente conseguí llegar a su cuarto sin crear ningún escándalo. Pegué la oreja a la puerta de mis amigas para comprobar si estaban dormidas y para mi sorpresa, a la misma vez que para mi agrado, todavía estaban riéndose, gritando, pasándoselo en grande. Había elegido estar en otra habitación, a pesar de que ellas pretendían hacer una fiesta de pijamas, como cuando éramos pequeñas. Cada sábado quedábamos siempre las cuatro y dormíamos en una casa al azar. Nos lo pasábamos en grande. Nuestra amistad siempre fue cosa de cuatro, pero las cosas estaban cambiando y no precisamente a mejor. Sentí una punzada en el corazón al darme cuenta que era yo la que estaba provocando eso. Me conocían casi mejor que yo misma, y lo único que era capaz de hacer era esconderme, salir de sus planes corriendo o en caso de estar en ellos poner mala cara en la mayoría de las ocasiones. Yo estaba convirtiéndome en la culpable de que esas cuatro esquinas del cuadrado, siempre intactas e inseparables, se estuviesen desvaneciendo en el olvido, y yo no era la única que me había dado cuenta de eso, ellas también lo habían hecho.
“No es tarde” –pensé para mis adentros. Me obligué a repetir esa frase una y otra vez hasta estar segura de dar un paso más olvidando mi orgullo y pedir perdón. Respiré hondo como solía hacer siempre que estaba nerviosa, pero no pude levantar la mano y llamar a la puerta. Decidí que sería mejor esperar al día siguiente. Empezaría de nuevo mi vida, pero no esa noche, esperaría a que se despertasen las calles y recibiría el nuevo día, o mejor dicho, mi nueva vida, con una de mis mejores sonrisas.

Conseguí encontrar una de las mejores pastelerías de la ciudad gracias a un mapa que me facilitó la recepción del hotel, sumándole a mucho tiempo y paciencia, lo cual fue imprescindible para encontrarla. Madrugué para darles una sorpresa a mis amigas y plantearme como decirles lo arrepentida que estaba. Mi padre siempre solía decir que el perdón entra mejor con el estómago lleno, por lo tanto decidí que un desayuno bien entrada la mañana sería un buen comienzo. Él día se presentaba soleado, alumbrando la cara de los transeúntes. “Después de la tormenta siempre viene la calma” -pensé. Eso esperaba, pero no solo refiriéndome al clima, si no a todo lo que concernía mi vida.

–Lo siento –murmuré, –se que no me he portado como debía estos últimos meses.
–Nora no tienes que pedir perdón por nada. Sabes de sobra que estaremos aquí siempre pase lo que pase.
Sonreí aliviada. Me había costado mucho llegar a decir esa pequeña palabra, y todo para que me dijesen que no pasaba nada. Era cierto, siempre habían estado donde y cuando las había necesitado apoyándome, y me aliviaba que fuese a seguir siendo así.
–Vamos, nos queda un día muy largo.
Sus sonrisas no hicieron más que tranquilizarme. Volveríamos a ser las de siempre. Quería volver a estar en la cúspide de mi vida una vez más, volver a estar en la plenitud de mi felicidad. Esperaba que no fuese difícil y creí que lo más adecuado sería dar un paso más para llegar a la meta final. Y ese paso solo consistía en hablar con Adrián. No pensaba que pudiese ser difícil, solo tenía que dejar que las palabras fluyesen y que todo volviese a ser como lo era antes con él, añadiéndole el problema de la distancia. Pero, ¿Qué era eso para nosotros? Siempre lo habíamos hecho todo juntos, como amigos, y nada de eso debía cambiar. Era consciente de que la gente sí que lo hacía, la gente si que cambiaba con el paso de los años, pero nada tenía que ir peor tras esos cambios, si no todo lo contrario.
Habíamos visitado a su familia en el hospital llevándonos la grata sorpresa de que estaban todos bien. Adrián tenía iluminada la cara con una leve sonrisa, pero sus ojos no decían lo mismo. No quería pensar que algo le pasaba, pero mi corazón no decía lo mismo. Parecía triste aunque lo intentase ocultar por todos los medios posibles y yo tenía que averiguar el porqué. Quería ayudar pero no podía evitar pensar que no debía meterme en medio de lo que quiera que estuviese sucediendo si no era él el que me lo contaba. De todas formas era su amiga, y ¿eso es lo que hacen los amigos al fin de al cabo no? Ayudar siempre que lo necesites sin necesidad de que te lo pidan, saber cuando necesitan ayuda, comprenderles en todo momento fuera lo que fuera lo que les pasase y no fallarles nunca como lo había hecho yo. No me había preocupado por él desde que se había marchado, y las cosas habían cambiado radicalmente en su vida sin yo tener ni la menos idea de ello.
Conseguí encontrar su mirada cuando por fin levantó la cabeza del suelo, y eso me lo confirmó todo, todas mis sospechas eran ciertas y ahora lo sabía mejor que nunca. Percibí en ella maldad a la misma vez que incertidumbre, y eso me asustaba. Algo había cambiado en su vida, él había cambiado.

-¿A dónde nos llevas a cenar?
Jimena estaba entusiasmada con la idea de salir fuera a comer algo. Todos estábamos cansados puesto que nos habíamos pasado todo el día dentro del hospital. Ella nunca había soportado estar quieta así que la idea de Adrián de sacarnos de ese sitio para que nos diese el aire fue digna de ser galardonada como una gran salvación.
-No esperéis mucho glamour. Mi sueldo no llega para grandes festines.
-¿Sueldo? ¿Desde cuando trabajas?
Él no necesitaba trabajar para nada. Su padre tenía un alto cargo en una pudiente empresa y su madre había montado un negocio. No necesitaba dinero para nada que sus padres no le fueran a pagar y siempre había querido estudiar medicina al acabar el instituto.
-Sí, necesitaba hacer algo en mí día a día.
-¿Cómo estudiar quizás?
-Lo he dejado.
-¿Qué lo has dejado dices? Estas hablando como si se tratase de un vicio, y no es eso. Se trata de tu futuro, ese que llevas panificando toda tu vida.
-No vengas tú a darme leyes morales.
-¡Chicos parad! Necesitáis relajaros, ¿hablamos tranquilamente cenando vale?
El corazón se me comprimió en un puño. No era el que hubiese cambiado, ni tampoco el que ya no estudiase lo que hacía que me faltase el aliento. Nunca me había hablado así, ni tampoco me había mirado nunca con esa furia. Al contrario, siempre usaba sus mejores sonrisas solo para mí, siempre sabía como contentarme y hacer que me sintiese relajada. Decidí no hablar más del asunto en toda la noche, pero no entendía que podía haber hecho tan mal para que se portase así conmigo.
-Aquí se acaba el viaje, hemos llegado.
-¡Genial! –Exclamó Jimena –me muero de hambre.
Observé como alguien chocaba con Adrián. Para mi sorpresa no pidió perdón, si no que se giro y empezó a hablar con él.
-¿Qué haces tú aquí? ¿No estabas de viaje?
-Los planes han cambiado.
La mirada de aquel chico era fría y cortante. No inspiraba nada bueno, ni tranquilidad, ni serenidad ni cualquier sentimiento que pudiese hacerte sentir bien.
-Pásate luego por la fiesta.
-Veré lo que puedo hacer.
-Chicas podéis ir pasando –dijo aquel chico como si nos conociese de algo.
Yo no era la única que estaba nerviosa, el tono de voz de Adrián demostraba que el también lo estaba pero al parecer yo era la única que fui capaz de notarlo. Ellas entraron pero yo me quedé detrás de la puerta intentando escuchar algo que pudiese darme la menor pista de lo que estaba ocurriendo, de lo que le pasaba a Adrián, y algo me decía que ese chico era parte de la respuesta.
-No es una petición, es una orden. ¿Estas con nosotros o en nuestra contra?
-Allí estaré.
Tragó saliva mientras vio alejarse a su amigo y entró al restaurante. Toda la velada fue bastante tranquila para mis amigas, las cuales no sabían nada de mis futuros planes, ni los de Adrián, por el contrario él y yo, cada uno por sus motivos, no estábamos en absoluto tranquilos.

El aire frío y la humedad hicieron que se me entumeciesen las piernas de tal modo que la incomodidad al andar llegó ser insoportable.
Tras cenar mis amigas volvieron al hotel puesto que se encontraban cansadas pero yo aun tenía fuerzas para ir a la fiesta y averiguar lo que estaba pasando. Eso ellas no lo sabían, y tampoco sabían que para llegar a mi destino debía seguir a Adrián a escondidas. Cada bocacalle que cruzaba hacía que me dificultase la misión de no ser vista y a cada esquina que pasaba tenía que tener cuidado de encontrar algo con lo que taparme y que no me viese en caso de girarse. Para que eso último no pasase tenía que dar pisadas de gato, apoyándome única y exclusivamente de las puntas de mis pies. El frío provocaba que se me congelasen los dedos y los ojos me lloraban por culpa del viento. Todo se estaba poniendo en mi contra pero no me importaba, conseguiría lo que me propusiera a cualquier costa.
Vi como entró en un gran almacén con un robusto hombre que le esperaba a la entrada. No podía ser vista así que busque otro modo de acceder a aquel lugar. Lo mejor que encontré fue una vieja puerta metálica trasera que se encontraba en el segundo piso. Subí las escaleras procurando no tocar la oxidada barandilla. A cada paso que daba sentía que el ruido que hacía al pisar sobre aquellas descuidadas escaleras era mayor. Ya arriba respiré hondo y conté hasta tres para abrir la puerta. No hizo demasiado ruido por lo que solo llamé la atención de una mujer que se encontraba allí apoyada contra la sucia y polvorienta pared. Bajó al piso de abajo sin dar importancia al hecho de que hubiese entrado. Me asomé a la barandilla que rodeaba el pasillo lateral que había alrededor de la planta de arriba para encontrar a Adrián. No fue demasiado difícil a pesar de la multitud de gente que había, y de la poca iluminación de colores que parpadeaba constantemente. Allí estaba, pegado a una barra con el hombre al que había encontrado en el restaurante. Ahora no tenía camiseta por lo que pude ver todos los tatuajes que cubrían en su plenitud la parte de arriba de su cuerpo. Entonces fue cuando lo vi. No me lo creía por lo cual intenté agudizar la vista para cerciorarme de que era cierto. Mi vista no me había fallado, en absoluto. Un símbolo nazi cubría por completo su hombro izquierdo. El corazón me empezó a latir con fuerza, me costaba respirar y mi cuerpo empezó a temblar por completo. Nadie se hacía ese símbolo al azar, nadie se honra de llevar algo así plasmado en su cuerpo con orgullo sin creer en esa horrible ideología. Miré a mí alrededor y para mi sorpresa no era el único que lo llevaba. Y allí estaba Adrián, en medio de todos ellos. ¿Y si él también lo llevaba? No me pude explicar como él, él en especial, el estudioso y bondadoso Adrián de siempre, mi Adrián, había acabado allí. Estaba entre gente que pegaba, mataba o maltrataba a gente solo por no ser diferente, por puro racismo. Un grito de auxilio salió de garganta jugándome una mala pasada. A pesar de la música todos me oyeron y se giraron hacia mí haciendo que yo fuera el centro de atención. Nadie, ni tan siquiera Adrián, pusieron buena cara al verme en aquel lugar. Adrián subió corriendo junto a otras tres personas.
-¿Qué haces aquí Nora? –gritó al llegar a mi lado cogiéndome por el brazo.
Tenía una notable cara de preocupación, la cual no sabía si era por el hecho de que yo estaba en peligro o por que el fuera el que lo estaba. Eché mi cuerpo hacia atrás secamente deshaciéndome de su mano y apreté lo dientes con furia.
-¿La conoces? –pregunto la chica que se encontraba a su derecha.
Ella era la que me había visto anteriormente. Era digna de catalogar de modelo, alta, delgada y morena de ojos marrones. Llevaba unos altos tacones acompañados de unos vaqueros y una camisa blanca. Tenía la cara de una muñeca pero su mirada hacía que sintiese miedo al estar a su lado. Quería correr y salir de allí lo antes posible pero sentía que con Adrián cerca no me iba a pasar nada, no quería entender que él ahora era uno de ellos.
-¡Nora, vete!
-La pregunta no es qué hago yo aquí, es qué haces tú aquí.
Las palabras salían con dificultad de mi garganta atropellándose unas con otras. Tenía miedo pero quería irme de allí con él, quería que acabase todo de una vez y que volviese a ser como antes. Me llegué a plantear el hecho de que todo fuesen imaginaciones mías, pero nada era fruto de mi mente, lo estaba viviendo en mis propias carnes.
-Te estoy diciendo que te vayas. ¡Vete!
Su grito ronco retumbó por todo el almacén. Ahora él había pasado a ser el centro de atención. Estaba más furioso de lo que había lo había visto nunca. En mi vida me había tratado así. Salí corriendo con lágrimas recorriendo mi cara. Quería gritar, desahogarme, y así lo hice. Mis piernas se movieron como no lo habían hecho nunca olvidándose del dolor. No quería parar, tenía miedo de si lo hacía poder dar la vuelta y volver a aquel horrible lugar en el que no debía haber estado nunca. Quizás nunca debí haber sabido la verdad y vivir engañada pensando que era el mismo de siempre solo que a kilómetros de distancia.

Me llegó un mensaje al móvil justo al llegar al hotel, no me apetecía hablar de nadie pero lo mire ante la posibilidad de que fuera algo importante, y en efecto, lo era. Aun tenía las manos temblorosas cuando recibí su mensaje pidiéndome solo 5 minutos. Me planteé no bajar a la recepción, donde se encontraba Adrián. No quería verle pero me merecía una explicación así que accedí. ¿Y si a pesar de todo no era tan malo? Concederle un rato de mi tiempo después de todas las cosas que habíamos pasado juntos no iba a ser un problema.
-¿Qué quieres? –conseguí decirle al verle sentado en un sillón al lado de la entrada.
Se encontraba tranquilo y sereno, pero nada me auguraba que todo iba a ir bien.
-Que no digas nada, que simplemente desaparezcas de mi vida.
-¿Así, sin más? Supongo que no te importara nada de lo que hemos pasado durante estos años, durante toda tu vida.
-Eso no pertenece a mi vida de ahora, ahora es parte del pasado.
-¿Y vienes aquí a decirme eso? –dije entre sollozos -¿A darme un portazo en la cara? Tú no eres así, no eres como ellos.
-No te engañes, Nora. Soy exactamente igual que ellos, y no me avergüenzo nada de lo que he hecho desde que les conocí. Cuando nos despidamos mañana no volverás a saber nada de mí.
-No esperes que te reserve ni una simple mirada mañana, no quiero saber nada de ti a partir de ahora. ¡Vete tú! No quiero volver a ver a este Adrián en mi vida, lárgate. Necesitas un médico, estás enfermo, todos lo estáis. No te mereces la vida que tienes ahora mismo.
-Te estas olvidando de que soy libre de hacer lo que quiera.
-No esperes que nadie te aplauda eligiendo ese camino.

Quería ver la carta de mi padre una vez más, la necesitaba esa noche más que nunca. Las lágrimas caían con fuerza sobre la almohada dejando un rastro en ella salado de mi tristeza. ¿Libertad? ¿Cómo podía hablarme el de eso? Podía ser libre de ser quien quisiera ser, de decir lo que quisiera decir incluso de gritarme lo que quisiera. Era libre de tocar en un grupo de rock en un bar de mala muerte, o incluso blues si eso era lo que el quería, podía vestir con camisas hawaianas y llevar gorros de paja, irse vivir a la India o pintarse de payaso si realmente lo deseaba, pero no podía hablarme de libertad cuando lo que él y sus nuevos amigos lo que hacían era quitársela a los demás. Me daba miedo que no volviese a cambiar pero yo no podía hacer nada para remediarlo. Tenía que echarme a un lado y dejar que escogiese lo que quisiese, a pesar de que eso no fuese lo que me gustase a mí.

-¿No te vas a despedir de él Nora?
-Ya lo hice hace mucho tiempo cuando me vine a vivir aquí.
Mis amigas no consiguieron entender lo que había querido decir pero para mi sorpresa no preguntaron nada a cerca de ello. Ellas sí que se despidieron efusivamente, y le rogaron que volviese de vez en cuando, pero yo era la única que sabía que no lo iba a hacer nunca, o por lo menos en mucho tiempo. El destino estaba ya escrito, él en algún momento tomaría una decisión y decidiría el camino por el que ir, fuera el correcto o no.

sábado, 29 de enero de 2011

Capítulo 12.









La estrella polar era la que indicaba mi camino de vuelta a casa. Sentía el temblor de mis piernas al roce del aire frío acompañado de unas gotas congeladas que hacían que mi cuerpo se estremeciera, pero no importaba, nada importaba en ese momento. Algo en mi interior me decía que iba por el rumbo correcto, que pronto estaría en tierra firme. A cada minuto que pasaba apreciaba como el cielo se iba oscureciendo más y más. Miles de estrellas me observaban desde el firmamento, atentas a cada movimiento mío. Giré la cabeza para mirar a mi derecha, intentando no darle mayor importancia a las grandes olas negras que se estaban formando. Divisé al otro lado del barco una silueta que hizo mi mismo movimiento. Alcé la mano sobre la frente a modo de visera e intenté enfocar con más claridad mi objetivo sin obtener un buen resultado. El barco se empezó a agitar, pero yo en ese momento solo quería saber a quien pertenecía esa sombra. Por fin consiguió acercarse lo bastante para que lo viese y tras unos segundos de espera llegó a mi lado. Me acaricio la mandíbula con una cara enternecedora y más tarde me agarró la mano. No conseguía saber quien era, su cara me resultaba familiar, sabía que le había visto antes, que había hablado con él, que le había llegado a querer pero no conseguí identificar su cara en el cajón de mis recuerdos. Cada vez que tenía una pista más sobre quien era me olvidaba de todo otra vez, y solo podía sentir una cosa: confianza. Hasta llegué a pensar por un momento que la tormenta empezaba a amainar, y que no importaba que estuviésemos fuera, expuestos al peligro. Pero esa sensación no duró apenas un minuto. El barco se sacudió con intensidad dejando que una ola azotase nuestros cuerpos. Me agarré a la barandilla con toda la fuerza que pude sacar para conseguir salvarme, y lo hice. Me salvé, me salvé de la ola, salvé mi vida. Conseguí levantarme del suelo, respirando con dificultad. Las piernas me fallaban y todo me daba vueltas. Me centré, y miré otra vez a mi costado, no había nada, aire, lluvia, nada más. En efecto yo había salvado mi vida, pero no mi ilusión por ella, en ese momento me había quedad sola, él ya no estaba.

Me levanté de la cama sobresaltada. Había sido un sueño, solo eso. Un simple e insignificante sueño. Pero parecía tan realista. Decidí no darle demasiada importancia, pero no podía evitar pensar en su final, el cual me resultaba familiar. No porque estuviese en un barco, con una tormenta y expuesta al peligro sin tener una pizca de miedo, no. En realidad solo había estado una vez en un barco, y mi travesía se había limitado en tomar el sol, bucear y pescar, cosas a mi parecer, normales. Pero lo que me resultaba familiar era que ese alguien, esa persona importante para mi, había desaparecido. Como mi padre, como mi abuela. Y ahora que Adrián había tenido un accidente no podía evitar preocuparme. Pero él estaba bien, eso era lo que me habían dicho y confiaba en que fuera cierto, sí, tenía que serlo.
Me levanté de la cama decidida a pasar un buen día. No me preocuparía, no tenía porque hacerlo. Recibí varios mensajes, todos ellos me decían que ya tenían todo para el viaje a Madrid. Salíamos por la noche y estaríamos allí hasta el domingo por la tarde.

El sol iluminaba la playa, pero yo era la única que estaba allí. La brisa marina hacía que la arena revolotease bajo mis pies. Me senté a la orilla observando el mar en calma. Las gaviotas sobrevolaban las pequeñas islas de piedra que se formaban a lo lejos. Oía a los transeúntes por el paseo marítimo hablar, los niños gritaban, corrían, jugaban. La gente se encontraba feliz. Pronto iba a comenzar el invierno y no quedarían muchos más días como esos, y todo el mundo salía a la calle a aprovecharlo.
-¿Las niñas pequeñas no tenéis que estar en clase? –dijo alguien interrumpiendo mis sueños.
Me giré para observar de quien procedía la voz, pero antes de darme la vuelta ya lo sabía. Había pasado mucho tiempo, pero en ese momento me parecieron insignificantes las horas que había estado distanciada de él.
-¿Tan mayor te consideras, Alex?
Sonrió mientras se agachaba para darme dos besos y se sentó.
-¿Puedo acompañarte?
-¿No sería más educado preguntar antes de sentarte?
Se volvió a reír. ¿Cómo podía ser tan agradable hasta cuando yo era tan sumamente borde? Aún así yo también sonreí, el siempre conseguía que lo hiciera.
-¿Qué tal llevas lo de tu amigo?
-Intento llevarlo bien, pero para que engañarme, no lo consigo. No se pensar en otra cosa., no puedo distraerme.
Cambió de tema rotundamente. No supe si era porque no le agradaba hablar de Adrián o para distraerme, pero lo consiguió. Las horas fueron pasando y no me di cuenta de que el sol se fue ocultando tras unas espesas nubes negras dejando una manta oscura sobre nuestras cabezas. Empezó a diluviar y con ello empezamos a correr y cantar una canción a gritos. Me sentía eufórica. No tenía ninguna percepción del tiempo cuando estaba a su lado. Solo sentía la sangre hirviendo pasando por mis venas, ese cosquilleo irremediable en el estomago, esas ganas de vivir la vida sin que nada importe. Me cogió por la espalda y empezamos a dar vueltas hasta caer rendidos al suelo. Estaba empapada. Podía sentir la fría ropa adherida a mi cuerpo. El pelo alborotado y mojado se agarraba con fuerza a mi cara dejando visibles solo los ojos. La arena rascaba mi piel con intensidad, pero no importaba. Se acercó a mí y me miro. Me sumergí en sus oscuros ojos de color azul verdoso. No quería que acabase el día, solo quería permanecer allí tumbada para siempre, nada más importaba, él y yo. Se acercó alzando su mano sobre mi cara para apartarme el pelo de las mejillas, entonces me acordé: Adrián. ¿Cómo se me podía haber olvidado? Me levanté asustada y miré el reloj. En tan solo una hora saldría el autobús.
-Alex, me tengo que ir, lo siento muchísimo, de veras.
-¿Pasa algo?
-Llego tarde, lo siento.
Empecé a correr todo lo que pude pero estaba cansada. La ropa me pesaba más de lo habitual y sentía que todos los músculos me fallaban. Alex corrió detrás de mí hasta alcanzarme y me cogió por el brazo.
-Vamos Nora, te llevo yo.
-No hace falta, de verdad.
Me miró con cara enternecedora y acabé por aceptar.
-No tienes que ser siempre tan encantador.
Empezó a caminar hacia su coche mientras reía a carcajadas. Nos metimos en su coche y le miré extrañada.
-¿Qué te hace tanta gracia ahora?
-Vaya, creía que tenías mejor me moría ¿Te acuerdas en la fiesta de tu amigo? Te dije que me acabarías adorándome.
-¿Qué te hace pensar que te adoro?
-Me lo acabas de decir, has dicho que soy encantador.
-¿Y si no me gustan las personas encantadoras?
-Aún así te gusto yo.
-Estas equivocado.
-¿En serio lo crees?
-Sí.
Subí la música al máximo, ya no podía decir nada que yo pudiese escuchar. Pero ¿Y si tenía el razón? Me negué a aceptarlo. No podía querer a nadie, si lo hacía la terrible maldición de mi vida haría que acabase mal, como siempre.
Al llegar a mi casa subí las escaleras de tres en tres. No tenía tiempo así que metí cosas en la maleta sin mirar lo que llevaba y baje corriendo otra vez. Él seguía allí, esperándome. Bajó la ventanilla y esbozó una sonrisa.
-No tenemos todo el día –gritó.

Llegamos justo a tiempo a la estación. Allí divisé a mis amigas nerviosas mirando de un lado a otro. Celia estaba hablando por teléfono mientras Jimena y Alba miraban el reloj continuamente.
-Gracias Alex, me lo he pasado genial.
Salí del coche sacando mi pequeña maleta al exterior. Antes de que pudiese cerrar la puerta volví a oír su voz nombrándome de nuevo.
-Acabarás queriéndome.
El corazón empezó a latirme con fuerza una vez más.
-Si lo hago, no será racionalmente.
Cerré la puerta y corrí donde mis amigas.
-Creíamos que no llegabas, chica.
Sonreí sin dar ninguna clase de explicación. Se miraron perplejas. Esperaban que les contase lo que me había pasado, pero no tenía palabras. Subí al autobús sin volver a mirarlas, y ellas me siguieron atentas a cada uno de mis movimientos. Me senté al fondo y me apoyé sobre el frío cristal. Sabía que me acribillarían a preguntas, pero no cuando. El vehículo se puso en marcha pocos minutos después de subir. El sonido del motor acompañado del vaivén del autocar hicieron que me fuese quedando dormida, pero ellas no lo permitieron.
-Nora, estas deseando contárnoslo –exclamo Alba.
-¿Contaros el que?
-Venga ya, dime que has tardado porque no encontrabas el cepillo de dientes.
-En realidad no sabía que meter en la maleta.
-Y por eso llamaste a tu amiguito del coche, para que te ayudase a buscarlo ¿no?
-Bueno, me lo encontré por casualidad.
Nada de lo que había dicho hasta el momento era mentira. A él me lo había encontrado por casualidad y con las prisas tardé más en encontrar cada cosa que tenía que meter en la maleta.
-Nora nos conocemos.
-Está bien, era Alex, solo eso.
-¿El de la fiesta?
-Sí, me encontró en la playa por la mañana, y ya esta.
-Ya… Entonces has estado con el todo el día ¿no?
-Mirad, no ha pasado nada, si no os lo contaría.
No estaban muy convencidas con la respuesta, pero la aceptaron y dejaron de hablar durante todo el camino conmigo. Estaba agotada y aún sentía restos de arena bajo mi ropa. Casi no había tenido tiempo de secarme al llegar a casa, así que decidí que sería lo próximo que haría tras llegar al hotel.

-Nora despierta, estamos llegando.
Una suave mano me empezó a zarandear con cuidado. De fondo solo se escuchaba la radio y unas lejanas voces. Era Jimena, habíamos llegado. Tenía ganas de decir: déjame un poquito más, como cuando era pequeña y me tenía que levantar, pero no era lo más adecuado para el momento. Los párpados se me caían solos por su propio peso al igual que el resto de partes de mi cuerpo, pero tenía que levantarme.

En cuanto vi su dulce cara lo único que fui capaz de hacer fue saltar a sus brazos. Sí, lo echaba de menos aunque no fuese capaz de reconocerlo. Tenía la cara llena de magulladuras a causa del accidente y no era capaz de andar con su habitual paso lleno de elegancia. Su sonrisa era capaz de reconfortarte hasta en el peor de lo momentos de tu vida, pero sus ojos mostraban tristeza y preocupación.
-Nora, me haces daño.
-Lo siento –murmuré.
Le solté al instante, preocupada y miré otra vez sus brillantes ojos intentando adivinar lo que estaba pensando, entonces algo me llevó a alejarme de él, algo me decía que las cosas no iban a ser igual que antes, que había cambiado. Parecía distinto, no era el Adrián de siempre. Me había fallado, podía percibirlo en su triste mirada llena de odio y vergüenza. Sentía un fuerte impulso de alejarme corriendo de ese lugar pero al mirarle me obligaba a pensar que solo era una falsa impresión fruto de mi imaginación.

jueves, 20 de enero de 2011

Capítulo 11.









Mientras mis amigas, y al parecer el resto del universo que me rodeaba día a día se entusiasmaba cada vez más por la fiesta, yo fui decayendo en la más pura monotonía. Todos los días me levantaba exactamente a la misma hora para hacerlo mismo que había hecho el día anterior. Haciendo un balance general de mi vida, se podría decir que fui poco a poco -y sin querer darme cuenta, -convirtiéndome en un robot.
A mitad de semana ya conseguí acabar mi trabajo, si se le podía llamar así. En realidad, y para ser honestos tendría que añadir que las que lo habían hecho todo eran Jimena y Alba, ellas pensaban y yo escribía.
No volví a tocar la carta de mi padre. Aún así cada noche, tenía tentaciones de hacerlo cada vez que me iba a la cama. Siempre pasaba lo mismo, por lo tanto llegó a ser una rutina más para mí. Me tumbaba en la cama y miraba la mesilla unos segundos antes de alargar la mano para apagar la lámpara que reposaba sobre la fría madera, y era en ese justo momento cuando mi mano se desviaba de su camino y abría el cajón en el que se encontraba justamente los centímetros necesarios para ver que seguía allí. Estaba unos largos y pesados segundos mirándola. De una forma muy extraña un papel manchado de tinta era capaz de hipnotizarme de tal modo que no conseguía levantar cabeza. Por decirlo de alguna manera, cada noche quería asegurarme de que seguía allí, de que nadie la había tocado. Tras cerciorarme de eso, cerraba el cajón, apagaba la luz y me dormía.

-Nora, date la vuelta.
-¿Esto es necesario? –les reproché a mis amigas.
-Sí, lo es. Tú eres la única aquí que tiene el cuerpazo de Celia, necesitamos cerciorarnos de que le quedara bien el vestido.
Asentí con la cabeza. Jimena me lanzó otro vestido más y entre al probador. Mentían, las dos podían hacer perfectamente de modelo, o de maniquí dependiendo del punto de vista desde el que lo mires. Pero era más fácil sentarse en el antiguo banco que se encontraba en frente del probador y determinar cual era el vestido adecuado para Celia. Solo esperaba no tener que hacer lo mismo con el resto de los complementos, y no tener que aguantar mucho más tiempo entrando y saliendo de probador, aguantando risas por los extravagantes vestidos que me hacían probar. No las culpaba, yo también me reiría, esos “sacos” podrían servir para una fiesta de disfraces, pero no para su cumpleaños.
Tras una larga lucha con la cremallera de la espalda salí. Sus caras se fueron girando hacia mí, y sus ojos abriendo poco a poco al compás que su boca.
-Creo que ya está decidido ¿no? –exclamaron las dos al unísono.
Asentí con excesivo entusiasmo, más del que ellas esperaban que fuera a poner. La elección del resto de complementos fue bastante más rápida. A pesar de no saber cual era su numero, conseguimos llamar a su madre por lo tanto no fue un problema para nosotras conseguir unos zapatos que pegasen con el vestido.

Llegue a casa agotada, no era la típica persona a la que le entusiasmaban las compras, entrar y salir de los probadores, esperar largas colas para pagar y por lo tanto estar una mayoría de tiempo de pie.
Tras cenar fui al salón a ver la tele. Mis hermanos estaban peleándose en el sillón para conseguir el mando. No pensaba meterme, y menos sabiendo que la que iba a ganar era mi madre a pesar de que no entraba en la pelea, era la hora de las noticias. Cuando por fin remató su discusión me senté, esperando que pasasen las horas muertes. No había nada que captase mi interés, así que decidí ir a mi habitación, en la que no estuve mucho tiempo. Cuando por fin me acomodé empecé a oír gritos de mi madre llamándome. Acudí lo más rápido posible. Al entrar me encontré a mi madre con los ojos abiertos como platos, y tapándose la boca con la mano. Mi hermano empezó a recibir llamadas. Mientras tanto, mi hermana no sabía lo que pasaba. Ni yo.
-¿Mamá, qué pasa? –pregunté ansiando la respuesta como agua en el desierto.
-Nora…
-¡Mamá, Dani! ¿Alguien podría explicármelo?
- Nora, es Adrián.
¿Adrián? ¿Cómo mi madre iba a tener información de el y yo no? Instintivamente miré hacia el televisor preocupada, pero en ese momento las noticias ya habían dado lugar a los deportes. Mi móvil empezó a sonar, y el teléfono, y también el de mi hermano. Supuse que todas las llamadas me iban a dar la misma información, pero no corrí a cogerlo, espere a que me lo contase mi madre.
-Nora, ¿no te preocupes vale? Adrián está bien.
-¿Y porqué todos estáis así entonces?
-Ha tenido un accidente, ha salido en las noticias. Está en el hospital.
-¿Cómo que esté en el hospital?
-Nora, tranquilízate –me pidió mi hermano mientras apoyaba una de sus manos en mi hombro, -él está bien.
-¿Él? ¿Con quien iba cuando tuvo el accidente?
Observé como mi madre fulminaba a mi hermano con la mirada. No querría que me preocupase, pero
-Su padre, está bastante herido. A los demás ya les han dado el alta.
Una lágrima corrió por mis mejillas. Mi móvil volvió a sonar, y esta vez sí, corrí a por el. No me apetecía hablar con nadie, excepto con Adrián. Sopesé la idea de llamarle, pero no tarde en ser un poco más racional y darme cuenta de que no era la mejor opción. Él estaría en el hospital, al igual que su padre el cual debía ser el centro de atención debido a la gravedad en la que se encontraba, y sería muy descortés por mi parte molestar al resto de su familia en los momentos que estaban pasando. Lo más razonable y amable por mi parte sería visitarles, pero no lo veía posible, por lo tanto decidí esperar a que se calmasen las cosas para llamar y darles mi apoyo.
-Nora, ¿te has enterado?
-Sí, al parecer he sido la última en hacerlo.
-Vaya, he pensado que podíamos atrasar el cumpleaños de Celia y cogernos un autobús a Madrid –dijo mi amiga con una notable voz de tristeza.
-Alba eso es imposible, está todo encargado.
-Nora… Esto no deberías saberlo, pero no estaría bien de nuestra parte celebrar el cumple sin él.
-¿A que te refieres?
-Nora, era una sorpresa, iba a venir.
Un alarido salió de mi boca. No daba crédito a lo que oía. Él iba a presentarse en la fiesta y yo no lo sabía. Pensé en enfadarme, pero no tenía fuerzas, y tras pensarlo mejor… En fin, eran mis amigas, no lo habían hecho con mala intención.
-Está bien. Envíame la lista de invitados entera, yo me ocuparé de aplazarlo, ¿el resto lo podéis hacer vosotras?
-Caro. Hay gente que no está en la lista, pero supongo que les avisarán sus amigos. Mañana hablamos, buenas noches.
Antes de tirar el móvil sobre la mesilla miré todos los mensajes. Había recibido llamadas de bastante gente, entre las cuales estaban Jimena y Celia. Sopesé la idea de llamarlas yo, pero estaba cansada así que decidí hacerlo al día siguiente, cuando todo estuviese más calmado.
Encendí el ordenador para abrir el correo. Alba había sido más rápida que yo y le había dado tiempo a enviarme la lista. Hice un mensaje común para todos los contactos y le di a enviar. A mucha gente no le iba a sentar bien que se le fastidiasen los planes para el fin de semana, pero tendrían que entenderlo. Seguí mirando el resto de correos sin mucho interés, hasta que vi uno que me llamó la atención, puesto que era de un contacto desconocido, pero con un nombre que hizo que me latiese el corazón: Alexcantantehotmail.com
Lo abrí sin pensármelo dos veces y empecé a leer.

Nora, supongo que ya sabrás quien soy. ¿Ya está bien tu hermana? Supongo que sí. En realidad te envío esto para preguntarte, y espero no resultar muy atrevido, si quieres venir conmigo a una fiesta. Es este sábado. Me invitaron el otro día y no tiene mala pinta, lo pasaremos bien. Un gran beso: Alex.

¿Atrevido? No, había resultado encantador, como siempre. Otra fiesta más a la que no podría ir, pero de todas formas era imposible, las dos serían el mismo día.

No te envío esto como una excusa si mucho menos, pero es imposible. Adrián ha tenido un accidente y vamos a ir a visitarle este fin de semana. Lo siento mucho, y pásatelo en grande. Un saludo: Nora.

¿Todo lo bueno tiene que pasar cuando hay algo malo por medio? Tenía ganas de verle, y también a Adrián. Me sentía culpable por no haberme acordado de ellos, y no haberles llamado, ni hablado con ellos en tanto tiempo. Adrián iba a venir a pesar de la distancia, y Alex me había invitado a la fiesta. ¿Y que había hecho yo por ellos? Sólo se me ocurría una respuesta: Nada.
Me tumbé sobre la cama y apagué la luz, y entonces recordé por primera vez en mucho tiempo una frase: “Quiero que cada vez que te pase algo malo te acuerdes de esta carta, que te acuerdes de mi regalo.” Alcé la mano a ciegas para abrir el cajón que había guardado tantas noches mi carta, y la rescaté para apretarla fuertemente contra mi pecho. Una lágrima volvió a brotar de mis ojos. Me había regalado su fortaleza y su valentía. No quería que estuviese triste, así que me intenté convencer a mi misma de que no podría llorar. Era fuerte, no podía derrumbarme en cada momento de debilidad. ¿Podía? Me repetía una y otra vez que no, sin mucho éxito. Guardé decepcionada de mi misma la carta otra vez en su fría celda. ¿Qué me estaba pasando? Antes de cerrar el cajón, miré una última vez por ese día las palabras de mi padre. Mis ojos se iban acostumbrando poco a poco a la oscuridad, así que conseguí ver con suficiente claridad su bonita letra, y me acordé de él una vez más. Recordé la multitud de veces que me sentaba en su regazo mientras escribía cosas ilegibles para mí en ese momento, y yo admiraba la destreza con la que usaba su pluma mientras le preguntaba cosas sin sentido. Él se reía y contestaba a todas ellas con la mayor dulzura y precisión posible. Eso me hizo recordar una pregunta en concreto. Una niña de mi clase se había puesto a llorar, y el resto de niños con crueldad re reían por ello. Yo no lo entendía así que le pregunté a mi padre si llorar era malo, a lo que el me contesto que no, llorar no era malo si el motivo por lo que lo haces lo merece, si lloras por algo que realmente sientes. Eso me hizo entender la carta. Él lo que no quería era que llorase por él, consideraba que lo importante era seguir la vida para impregnarse de todo lo bueno que tiene. Me regalaba su valentía, su fortaleza, para que supiese afrontar los malos momentos, pero no por ello no debía llorar si como él me abría dicho hace tanto tiempo, la ocasión lo merecía. Lancé un beso ahogado entre lágrimas al aire, en dirección a la carta y cerré el cajón definitivamente.
Me levanté de la cama para abrir la persiana y volví, esta vez para quedarme sentada.
Observé una farola a lo lejos que alumbraba una antigua casa de piedra que se encontraba en medio del bosque. Gracias al grueso cristal de mi ventana se podían observar unos extraños rayos de luz que salían de ella en forma de zigzag. La primera vez que dormí en esa casa, tras leer la carta de mi padre y guardarla entre los libros de mi estantería abrí la persiana para observar las estrellas, pero la contaminación lumínica me lo impedía, con lo que solo pude observar aquella solitaria farola. Mi imaginación salió a volar y creó una historia que se había convertido en mi particular fantasía. Esa luz que impedía ver las estrellas, no era nada más ni nada menos que otra estrella. Era tan grande y luminosa que conseguía hacer que las demás estrellas pasasen desapercibidas. Todo el cielo la envidiaba por su belleza. Era más grande que el sol, pero se encontraba a mucha más distancia y por eso no se distinguía al igual que él. Alrededor de ella también había planetas, y entre ellos estaba uno que resplandecía por su color azul. Se creía que era el hermano de la tierra por su gran parecido, pero yo sabía que era el lugar del que tanta gente hablaba, pero desconocían donde se encontraba, y allí, era donde se encontraba mi padre. Un lugar mejor, donde reina la paz y solo iba la gente que en la vida se había portado bien. Por eso se llamaba cielo, porque era donde lo veíamos cada noche. La gente, ocupada con su rutinaria vida no se daba cuenta de su existencia, pero yo si que lo veía, y lo miraba cada noche para saber que todo estaba en orden, que seguía allí. Me sorprendí al recordar la historia que fui capaz de crear. Nadie sabía de su existencia excepto yo. A medida que fueron pasando los años fui dejando la costumbre poco a poco, hasta convertirse en una fantasía de niña pequeña, pero esta vez la miré con más intensidad que todas las otras veces. Se encendía y apagaba continuamente, débil después de tantos años trabajando sin descanso, hasta apagarse definitivamente. Lo tome como una señal que sabía que no tenía sentido. Ya no necesitaba saber que mi padre estaba bien, había crecido, y con recordarle de la mejor manera posible me bastaba. Él era, y lo seguiría siendo para siempre, el mejor padre del mundo.
Me sequé las lágrimas mientras me tumbaba en la cama. Me arropé con inseguridad. Inseguridad por no saber lo que me esperaba, pero no solo mañana, si no el resto de mi vida. Solo sabía con certeza que lo único que me iba a acompañar siempre era el regalo de mi padre. El regalo más generoso que me habían hecho nunca: Valentía y fortaleza. Lo último que recuerdo de esa noche fueron las palabras que le susurre al viento esperando que llegasen a algún lugar perdido de la imaginación de una niña pequeña: Gracias, papá.